Mientras Colombia llora a sus muertos y busca a sus desaparecidos, en el sur de Bogotá un gremio que vive del sabor y la tradición decidió que no podía quedarse quieto. La Asociación de Lechoneros de la Zona L, ese corredor gastronómico de los barrios Olaya, San José y Quiroga que cada fin de semana convoca a miles de bogotanos alrededor de una de las tradiciones culinarias más queridas del país, activó esta semana una campaña de donación para los damnificados del terremoto del 10 de agosto en el Valle del Cauca, el Eje Cafetero y el Chocó. Marlene Espinoza, vocera y líder del gremio, encabeza una recolección que arrancó con lo que más tienen a mano: bultos de arroz, el mismo arroz que día a día entra en las cocinas de la Zona L para preparar las lechonas que alimentan al sur de la capital.
El arroz es apenas el comienzo. Los comerciantes de la Zona L están aportando además lechona enlatada, empanadas y fritos preparados en los propios establecimientos del sector, productos de aseo y otros elementos no perecederos que están siendo reunidos en un punto de acopio dentro de la misma zona para luego ser trasladados al Estadio El Campín, donde las autoridades competentes recibirán las donaciones y las incorporarán a los flujos de ayuda que viajan por vía aérea y terrestre hacia las zonas más golpeadas por el terremoto. Cada comerciante del gremio está aportando desde su propio bolsillo, desde su propia despensa y desde su propio corazón, en una demostración de que la solidaridad no necesita escenarios grandes para ser genuina.
Las empanadas y los fritos tienen un destino especial que Marlene Espinoza quiso dejar muy claro: no van para los damnificados sino para los voluntarios que en este momento llevan horas en el Estadio El Campín en Bogotá, de pie, sin comer, clasificando, empacando y organizando las donaciones que llegan de toda la ciudad. Esos hombres y mujeres que nadie ve en las fotos de los noticieros, que no aparecen en los reportes oficiales y que simplemente se presentaron a ayudar sin que nadie se los pidiera, son los destinatarios de ese gesto caliente y concreto de la Zona L. Una empanada recién hecha no es solo comida: es un abrazo que dice que alguien se acordó de que ellos también existen y que también necesitan ser sostenidos mientras sostienen a los demás.
La iniciativa refleja algo que va más allá de una donación puntual. La Zona L es uno de los patrimonios gastronómicos más auténticos de Bogotá, un corredor de más de 70 establecimientos que en su mayoría son negocios familiares construidos durante décadas con el mismo esfuerzo y la misma perseverancia que se necesita para levantarse cuando la tierra tiembla. Ese mundo de pequeños empresarios del sur de la ciudad, que conoce de cerca lo que significa construir algo propio desde cero, siente de manera visceral el dolor de los miles de colombianos que en Cali, Pereira, Manizales, Quibdó y Armenia lo perdieron todo en cuestión de segundos. Por eso no esperaron convocatorias ni llamados institucionales: simplemente empezaron a recoger.
Marleny Espinoza lidera la asociación con la misma energía con la que se maneja una lechonería a diario: sin pausa, con claridad sobre lo que hay que hacer y con la convicción de que cada gesto suma. Su llamado a los comerciantes del gremio encontró respuesta inmediata, porque en la Zona L se conocen todos, se cuidan entre todos y se celebran entre todos. Que ahora también se movilicen juntos para ayudar a desconocidos que están a cientos de kilómetros no sorprende a quienes conocen el tejido humano de ese rincón del sur bogotano. La solidaridad no se improvisa: se cultiva durante años de vecindad, de gremio, de comunidad.
Los productos recolectados en la Zona L harán parte del esfuerzo logístico que desde Bogotá se coordina para llevar ayuda a las zonas afectadas por el terremoto. Las vías aéreas y terrestres que conectan a la capital con el Eje Cafetero, el Valle del Cauca y el Chocó son las mismas que en estos días transportan rescatistas, médicos, ingenieros y toneladas de insumos humanitarios. En ese flujo de solidaridad nacional, los bultos de arroz de la Zona L viajan con la misma importancia que cualquier otra donación, porque detrás de cada bulto hay un comerciante que decidió que parte de lo que gana vendiendo lechona un sábado podía convertirse en el sustento de una familia que perdió su hogar un lunes.
Colombia ha respondido al terremoto del 10 de agosto con una generosidad que se mide en cifras enormes: millones de dólares de ayuda internacional, cientos de rescatistas desplegados, toneladas de insumos movilizados desde todas las ciudades del país. Pero la solidaridad también se mide en los gestos más pequeños y más humanos, como los de los lechoneros de la Zona L que pusieron sus bultos de arroz, sus empaques de lechona y sus bandejas de empanadas al servicio de los que más los necesitan. Esos gestos no aparecen en los decretos de emergencia ni en los informes de la UNGRD, pero son los que le recuerdan a un país en duelo que la patria no es solo una bandera: es también la mano de un vecino que te da de comer cuando lo has perdido todo.
La Zona L lleva décadas alimentando a Bogotá cada día. Esta semana eligió alimentar también la esperanza de quienes el 10 de agosto vieron cómo el suelo se los quitaba todo. Ese es el sabor más profundo de una comunidad que entiende que cocinar para los demás, en el fondo, siempre ha sido un acto de amor.
