Hay momentos en la política colombiana que trascienden a quien ocupa un cargo. La llegada de Francia Márquez a la Vicepresidencia de la República fue uno de ellos.
Fue la primera mujer de raza negra en ocupar ese cargo y llegó al Gobierno de Gustavo Petro convertida en símbolo de inclusión, representación y reivindicación social. Su elección significó la llegada a uno de los espacios más altos del Estado de una mujer proveniente del liderazgo social, de una región históricamente olvidada y de una comunidad que durante décadas ha reclamado mayores oportunidades de participación y poder. Precisamente por la dimensión de ese símbolo, la responsabilidad que recibió no era menor. Era gigantesca. Y cuatro años después de aquella llegada, hay una pregunta que durante demasiado tiempo pareció incómoda:
¿Estuvo Francia Márquez a la altura de la oportunidad que Colombia le entregó?
La respuesta, a mi juicio, es no. Francia Márquez no recibió solamente la Vicepresidencia. El Gobierno de Gustavo Petro creó el Ministerio de Igualdad y Equidad, una de las principales banderas de su proyecto político, y ella fue su primera ministra. La Ley 2281 de 2023 creó formalmente la cartera y Márquez asumió su dirección en julio de ese año. Es decir, tuvo la Vicepresidencia, tuvo un Ministerio, tuvo una estructura institucional, funcionarios, presupuesto, visibilidad nacional e internacional y acceso directo al jefe de Estado.
La oportunidad difícilmente podía ser mayor.
Por eso el balance tampoco puede ser menor. Ahora que ya no es vicepresidenta, Márquez ha decidido hablar nuevamente de las dificultades que enfrentó dentro del Gobierno Petro. En sus recientes declaraciones aseguró haber vivido situaciones complicadas por ser una mujer negra y habló de racismo dentro del Gobierno del que hizo parte. También defendió el Ministerio de Igualdad y sostuvo que su creación no fue un error. Si hubo actos de racismo, deben ser denunciados. Pero una denuncia de racismo no puede convertirse en una explicación universal de una gestión política. Porque hay una pregunta que también merece respuesta:
¿Qué hizo Francia Márquez con el poder que sí tuvo?,
Ahí comienza el verdadero debate. Durante estos cuatro años se construyó alrededor de Márquez una narrativa según la cual ella era, ante todo, una mujer que había tenido que luchar contra un sistema que no quería verla en el poder. Pero una vez que se llega al poder, cambia la naturaleza de la responsabilidad. Ya no basta con explicar las barreras. Hay que mostrar resultados. Ya no basta con hablar de exclusión. Hay que demostrar capacidad de inclusión desde el Estado. Ya no basta con denunciar las desigualdades Hay que transformar las condiciones que las producen. Y allí es donde el balance de Francia Márquez resulta mucho menos extraordinario que la historia de su llegada.
El Ministerio que debía convertir el discurso en resultados
El Ministerio de Igualdad es quizá el mejor ejemplo. Fue una de las grandes apuestas políticas del Gobierno Petro y una institución directamente asociada con la agenda de Márquez. Su creación pretendía convertir en política pública buena parte de las causas que habían construido su liderazgo. Por eso el Ministerio representaba una oportunidad excepcional. No era simplemente otra entidad del Estado. Era la posibilidad de demostrar que un discurso político construido durante años alrededor de la desigualdad, la exclusión y las comunidades históricamente marginadas podía transformarse en políticas públicas, programas, presupuesto y resultados concretos. Sin embargo, desde su creación la institución enfrentó cuestionamientos relacionados con su funcionamiento, ejecución y resultados. Y ahí es donde la historia deja de ser exclusivamente simbólica y comienza a ser administrativa.
Porque no basta con crear un Ministerio. Hay que demostrar para qué sirve. No basta con tener presupuesto. Hay que ejecutarlo. No basta con tener funcionarios. Hay que producir resultados. No basta con hablar de los excluidos. Hay que mejorar efectivamente la vida de quienes se pretende representar. Ese es el verdadero examen del poder. Y Francia Márquez no puede pretender que ese examen sea reemplazado permanentemente por el relato de los obstáculos que encontró. Porque sí: el racismo existe. Sí: la discriminación existe. Sí: Colombia tiene una deuda histórica con sus comunidades afrodescendientes. Pero reconocer esas realidades no significa convertirlas en una explicación automática de cada fracaso político. Puede existir discriminación y puede existir mala gestión. Puede existir racismo y puede existir falta de resultados. Puede haber obstáculos y, al mismo tiempo, errores propios. Una cosa no elimina la otra.
La palabra incómoda
Y justamente aquí aparece una palabra que muchos han evitado utilizar cuando hablan de Francia Márquez: *mediocridad.* No mediocridad racial. No mediocridad intelectual. No mediocridad por su origen. *Mediocridad política.* Porque recibir una responsabilidad histórica y entregar resultados que no corresponden con el tamaño de esa responsabilidad es, sencillamente, un desempeño mediocre. Y eso no es una agresión. Es una evaluación.
Colombia está llena de personas de raza negra capaces, preparadas y brillantes. Personas que han demostrado excelencia en la academia, la empresa, la administración pública, la justicia, las Fuerzas Armadas, la cultura y la política. Por eso es equivocado presentar a Francia Márquez como si su desempeño fuera una especie de medida de lo que los colombianos negros pueden alcanzar. No lo es. Francia Márquez representa una trayectoria individual. No representa la capacidad de una raza. Y mucho menos puede convertir su identidad en un escudo frente a la evaluación política. Aquí es donde su discurso merece una discusión más profunda.
El racismo existe. Negarlo sería absurdo. Pero también existe una forma de utilizar políticamente la condición de víctima que termina siendo contraproducente para la propia causa de la igualdad. Porque si cada crítica es racismo, si cada desacuerdo es discriminación y si cada fracaso es consecuencia de que otros no dejaron gobernar, entonces la responsabilidad individual desaparece. Y cuando desaparece la responsabilidad individual, también desaparece la posibilidad de exigir excelencia. Eso sería un grave error.
Igualdad significa también exigir excelencia
Los colombianos afrodescendientes no necesitan que nadie les regale estándares más bajos. Necesitan exactamente lo contrario. Necesitan que se reconozca que pueden competir, gobernar y triunfar en igualdad de condiciones. Y eso implica algo elemental: ser juzgados con la misma severidad con la que se juzga a cualquier otro funcionario. Si un ministro blanco fracasa, se cuestiona su gestión. Si un ministro mestizo fracasa, se cuestiona su gestión. Si una ministra indígena fracasa, se cuestiona su gestión. Y si una vicepresidenta negra fracasa, también debe cuestionarse su gestión. Eso no es racismo. Eso es igualdad.
Por eso resulta preocupante que, después de abandonar el poder, la explicación vuelva a girar principalmente alrededor de lo que otros hicieron contra ella. Porque Francia Márquez tuvo cuatro años para demostrar lo que podía hacer. Y tuvo más herramientas que la inmensa mayoría de quienes aspiran a transformar Colombia. Tuvo una posición constitucional privilegiada. Tuvo un Ministerio creado alrededor de una de sus principales banderas. Tuvo una plataforma política nacional. Tuvo acceso al Presidente. Tuvo recursos institucionales. Tuvo la atención de un País entero.
Y aun así, cuatro años después, buena parte de la discusión sobre su legado sigue concentrada en las dificultades que enfrentó. Eso debería preocuparla. Porque una figura histórica no se consolida únicamente por la importancia de haber llegado. Se consolida por lo que hace después de llegar. Francia Márquez rompió una barrera histórica. Eso merece reconocimiento. Pero romper una barrera no convierte automáticamente a nadie en un gran gobernante. Y aquí está el punto que parece haberse perdido en medio de tanta discusión identitaria: Colombia no necesitaba solamente que una mujer negra llegara a la Vicepresidencia. Necesitaba que demostrara que podía ejercerla con excelencia. La responsabilidad era doble. La del cargo. Y la del símbolo.
No porque los negros necesiten que Francia Márquez los represente, sino porque su llegada fue presentada como una demostración de que sectores históricamente excluidos podían conquistar los espacios más altos del poder. Por eso su desempeño importaba. Y mucho. Porque cuando una oportunidad histórica termina acompañada de resultados mediocres, el problema no está en quienes celebraron la llegada. Está en quien recibió la oportunidad y no logró estar a su altura.
La hora del balance
Ahora que ya no tiene el cargo, Francia Márquez tiene todo el derecho a hablar. Pero el País también tiene derecho a responderle. Puede hablar del racismo. Puede hablar de Petro. Puede hablar de las trabas. Puede defender el Ministerio de Igualdad. Puede explicar sus desacuerdos. Pero también debe responder por su gestión. Porque después de cuatro años la pregunta ya no es si Francia Márquez podía llegar a la Vicepresidencia. Eso ya está demostrado: La pregunta es ¿qué hizo con ella?. Y frente a esa pregunta, el País tiene derecho a ser mucho más exigente. No por su raza. Por la enorme responsabilidad que Colombia puso en sus manos.
Y porque una oportunidad histórica no merece solamente una historia poderosa. Merece resultados a la misma altura. Francia Márquez tuvo la oportunidad de escribir una de las páginas más importantes de la historia política de los afrocolombianos. El símbolo fue enorme. La expectativa también. La responsabilidad fue todavía mayor. Pero el balance, al final, fue mediocre. Y quizá esa sea la parte más incómoda de admitir: la historia de su llegada fue mucho más grande que la historia de su gestión.
Columna de. Juan Pablo Castillo
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