Un nuevo informe de OBS Business School, institución perteneciente a la red Planeta Formación y Universidades, sitúa a América Latina en el centro de una reconfiguración global marcada por tensiones geopolíticas, disputas por recursos y cambios profundos en el equilibrio de poder mundial. Lejos de un protagonismo consolidado, la región emerge como un espacio estratégico en disputa, donde las oportunidades de crecimiento conviven con una pérdida relativa de autonomía en la toma de decisiones. El diagnóstico es claro: Latinoamérica gana peso global, pero no necesariamente en sus propios términos.
El documento, titulado Escenarios y tendencias geopolíticas que cambiarán el mundo en 2026 y elaborado por Eduardo Irastorza, profesor de OBS Business School, describe un mundo en transformación sin precedentes históricos. En ese escenario, América Latina no aparece como protagonista autónoma sino como espacio de disputa entre modelos, recursos y potencias. La región vuelve a ocupar un lugar central en el tablero geopolítico, pero el análisis advierte que ese centralismo responde más al interés externo en sus activos estratégicos que a la capacidad propia de definir agenda e influir en las decisiones que determinan su rumbo.
El caso argentino ilustra con precisión el dilema estructural de la región. Con una inflación que llegó al 219% y que se redujo por debajo del 40% en 2025, y con expectativas de crecimiento cercanas al 4% para 2026, Argentina representa la confrontación entre 2 modelos: uno ultraliberal y otro decididamente intervencionista. Esta tensión, señala el informe, definirá el siglo XXI en muchos países de la región. El reto de fondo es estabilizar macroeconomías frágiles sin erosionar la cohesión social, un equilibrio que ningún país latinoamericano ha logrado sostener de manera permanente.
Estados Unidos ya no disimula su visión sobre América Latina. La doctrina America First no solo se traduce en aranceles o política industrial sino en una lógica territorial: la región como zona de influencia directa. El informe lo plantea sin ambigüedades: Washington considera a Latinoamérica su patio trasero y ha iniciado intervenciones estratégicas en países clave como Venezuela, con Colombia, México y Nicaragua en el radar. Para Colombia, esto implica un reposicionamiento forzado en temas críticos como seguridad, energía y alianzas internacionales, sin controlar las reglas del tablero en que participa.
México refleja otra cara de esta tensión. Con 133,6 millones de habitantes y una economía que avanza hacia la manufactura de alto valor, el país encarna el potencial industrial de la región, pero ese mismo potencial lo convierte en campo de fricción directa con Estados Unidos. Las exigencias son explícitas: relocalización de industrias, control migratorio total, alineamiento energético y combate frontal a los cárteles. La paradoja que señala el informe es reveladora: cuanto más relevante se vuelve México en la cadena global de producción, menor resulta su margen real de maniobra estratégica frente a su vecino del norte.
Venezuela ilustra el extremo opuesto de la misma lógica. De ser uno de los países más ricos en recursos energéticos del continente, se convierte en un territorio de reconfiguración geopolítica donde Estados Unidos busca asegurar la explotación directa del petróleo mientras China pierde influencia como proveedor energético clave. Este fenómeno condensa una de las tensiones centrales del informe: recursos versus soberanía. América Latina sigue siendo estratégica por lo que tiene, energía, minerales y biodiversidad, pero no necesariamente por lo que decide hacer con esos activos frente a las potencias que los demandan.
El auge de los BRICS, que ya concentran el 42% de la población mundial y el 23% del PIB global, abre una ventana para que países latinoamericanos diversifiquen alianzas y reduzcan la dependencia histórica de Washington. Sin embargo, el informe advierte que esa alternativa tampoco está exenta de riesgos: el bloque es fragmentado, tiene tensiones internas y liderazgos asimétricos. La región queda así atrapada entre una hegemonía tradicional que no quiere perder control y un orden multipolar que aún no ofrece estabilidad, una posición incómoda que limita el margen de negociación de cada país individualmente.
La pregunta estratégica de fondo que plantea el informe no es si América Latina crecerá, todo indica que sí en ciertos sectores, sino cómo y bajo qué condiciones. Porque el crecimiento puede venir acompañado de dependencia, y la integración global puede implicar pérdida de autonomía. Para países como Colombia, la clave no estará en tener recursos sino en desarrollar capacidad real de negociación. En un mundo donde la única constante es el cambio, concluye el informe, la verdadera ventaja competitiva será la capacidad de definir agenda propia antes que dejarse definir por las agendas de otros.
