En un entorno económico marcado por el alto costo de vida, el endeudamiento creciente y la fragilidad financiera de millones de hogares, el seguro de vida gana relevancia como herramienta de protección. Aunque el mercado asegurador alcanzó en 2024 una penetración histórica de 3,29 % del PIB, el seguro de vida voluntario sigue siendo limitado, contratado apenas por uno de cada ocho adultos en Colombia hoy.
La baja adopción contrasta con la vulnerabilidad de los hogares. Según análisis sectoriales, buena parte de las familias no podría sostener sus gastos más de tres meses ante la pérdida del principal ingreso. A esto se suma que una proporción importante de adultos tiene deudas activas, lo que convierte cualquier evento inesperado, como fallecimiento o invalidez, en un riesgo que puede comprometer vivienda, educación y estabilidad financiera familiar.
El panorama se agrava por las brechas en educación financiera. Diversos estudios muestran que muchos colombianos no comprenden plenamente los productos financieros que adquieren, lo que limita decisiones informadas. Esta situación explica por qué instrumentos de protección como el seguro de vida siguen subutilizados, aun cuando pueden actuar como un respaldo decisivo frente a crisis que afectan no solo al individuo, sino al núcleo familiar.
Especialistas del sector aseguran que el seguro de vida debe entenderse como un mecanismo para proteger ingresos y patrimonio. Una póliza adecuada puede cubrir gastos del hogar, educación de los hijos, deudas pendientes y otros compromisos esenciales. En contextos donde el ingreso familiar depende en gran medida de una sola persona, contar con esta cobertura reduce el impacto financiero de situaciones que alteran la estructura económica doméstica.
Además de las pólizas tradicionales, el mercado ofrece alternativas que combinan protección y ahorro. Existen productos con aportes únicos que incluyen cobertura por fallecimiento y la posibilidad de recuperar capital al vencimiento, así como seguros educativos que permiten planificar la formación de los hijos. Estas opciones buscan integrar el seguro de vida dentro de estrategias de mediano y largo plazo, más allá de la protección inmediata.
Uno de los retos es definir la suma asegurada. Expertos recomiendan cubrir entre cinco y diez años de ingresos del principal proveedor del hogar, pero muchas pólizas apenas alcanzan uno o dos años. Para elegir adecuadamente, se sugiere analizar ingresos familiares, número de dependientes, deudas vigentes y metas futuras, de modo que la cobertura responda a la realidad económica de cada familia.
El sector asegurador ha mostrado crecimiento, impulsado por mayor conciencia sobre la necesidad de protección. Las compañías han ampliado portafolios con seguros temporales, vitalicios y productos ajustados a inflación. También promueven estrategias para que la adquisición no afecte la liquidez, como iniciar con coberturas básicas, ajustar montos al presupuesto y reorganizar gastos no esenciales para incluir la protección gradualmente.
En un país con altos niveles de vulnerabilidad financiera, el seguro de vida se consolida como decisión estratégica más que como gasto. Proteger el ingreso, el patrimonio y los proyectos familiares permite enfrentar la incertidumbre con mayor estabilidad. Integrarlo en la planificación financiera contribuye a que los hogares no solo reaccionen ante emergencias, sino que construyan resiliencia frente a riesgos que pueden alterar su futuro económico.
