La frase fue corta, pero contundente. “Así que… a dormir tranquilos”. Con esas palabras, el presidente Gustavo Petro cerró uno de los momentos políticos más tensos de los últimos años, luego de confirmar un diálogo directo con el mandatario de Estados Unidos, Donald Trump, en medio de un escenario regional marcado por la guerra, la incertidumbre y el ruido diplomático.
El mensaje llegó desde la Plaza de Bolívar, colmada por miles de personas que se movilizaron en defensa de la soberanía y la democracia. Petro apareció sabiendo que debía cambiar su discurso: las noticias ya no eran de alarma sino de distensión. Cuatro días de zozobra nacional comenzaban a cerrarse con una conversación telefónica que, por primera vez, conectó directamente a ambos presidentes.
El diálogo, que duró una hora y trece minutos, fue descrito por el jefe de Estado colombiano como franco, directo y necesario. En un país acostumbrado a la incomunicación como antesala del conflicto, el solo hecho de hablar se convirtió en un mensaje político de alto impacto. La multitud, expectante, respondió con alivio cuando se confirmó que el canal diplomático seguía abierto.
Petro explicó que en la conversación abordó dos ejes centrales: los resultados de Colombia en la lucha contra el narcotráfico y la situación en Venezuela. Recalcó cifras históricas de incautaciones, extradiciones y sustitución de cultivos, defendiendo que la estrategia basada en diálogo y alternativas productivas ha sido más efectiva que la represión pura. El mensaje fue claro: Colombia no evade responsabilidades, pero tampoco acepta señalamientos sin sustento.
El presidente también insistió en que la paz de Venezuela y la paz de Colombia son procesos inseparables. En ese contexto, planteó la posibilidad de un diálogo tripartito que incluya a Estados Unidos, con el objetivo de evitar que la violencia regional escale. Para Petro, el enemigo común no es un país, sino los factores armados que alimentan el conflicto en las fronteras.
Durante su intervención, el mandatario fue enfático en señalar que la crisis reciente no surgió de una enemistad entre pueblos, sino del uso político del conflicto internacional. Advirtió que la desinformación y la ruptura de canales diplomáticos pueden tener consecuencias reales y peligrosas, especialmente en una región con heridas históricas aún abiertas.
El tono del discurso fue, ante todo, pedagógico. Petro defendió la conversación como herramienta política y recordó que la historia colombiana ha demostrado que la violencia solo deja autoritarismo y dolor. Hablar, incluso en medio de profundas diferencias, fue presentado como un acto de responsabilidad democrática y de protección colectiva.
Al final, el mensaje trascendió lo diplomático y se volvió íntimo. Un llamado a las madres, a las familias y a quienes temieron que el país fuera arrastrado a una escalada internacional. “La tranquilidad es la atmósfera de las transformaciones”, dijo. Y con ello, el presidente no solo cerró un discurso, sino que ofreció al país algo escaso en tiempos convulsos: la posibilidad de respirar y dormir en calma.
