El Festival de Música de Cartagena se adentra en uno de los territorios más intensos de la historia sonora: el Romanticismo. Una jornada pensada para dejar atrás la forma pura del clasicismo y abrir paso a la emoción, la introspección y el misterio, en un recorrido que conecta pensamiento, sensibilidad y expresión musical desde las primeras horas del día hasta la gran cita nocturna en el Teatro Adolfo Mejía.
La mañana comienza con la conferencia–concierto de Giovanni Bietti en el Palacio de la Proclamación, un espacio que se convierte en laboratorio de ideas y emociones. Allí, el siglo XIX aparece como un punto de quiebre, un tiempo en el que la música deja de obedecer solo a la razón y empieza a hablar desde lo íntimo. Franz Schubert emerge como figura central, un compositor que tradujo la fragilidad humana en melodía y que abrió la puerta a una nueva manera de sentir la música.
Esa transición emocional se profundiza en el recital de piano de Gabriele Strata, donde el instrumento se convierte en protagonista absoluto del Romanticismo. Las páginas de Schubert y Chopin revelan un piano que no acompaña, sino que confiesa, que duda, que arde. Cada estudio y cada sonata construyen un paisaje interior donde la técnica se pone al servicio de la expresión más profunda.
Por la tarde, el Romanticismo se vuelve narrativo e íntimo en un concierto que explora el alma errante de Schubert. La flauta, el violonchelo y el piano dialogan como voces de una misma sensibilidad, trazando historias de deseo, nostalgia y esperanza. Obras de Ries, Weber y Reinecke amplían el panorama, mostrando un siglo en el que la emoción se expresa desde múltiples acentos y colores.
El clímax del día llega en la noche con la Sinfonía n.º 8, “La inconclusa”, una obra que fascina precisamente por lo que no dice. Bajo la interpretación de la Orquesta de Cámara Franz Liszt, esta partitura se despliega como un enigma suspendido, donde cada silencio pesa tanto como cada nota. Es Romanticismo en estado puro: intensidad contenida, belleza imperfecta, emoción abierta.
Esta jornada no surge aislada. Llega después de un día en el que el clasicismo dialogó con el mundo a través de Mozart y Beethoven, y donde la música mostró su capacidad de viajar entre épocas, culturas y sensibilidades. Ese contraste entre forma y emoción prepara el oído para comprender la radicalidad romántica.
El Festival demuestra así su capacidad de construir relatos musicales completos, donde cada día es un capítulo y cada concierto una escena. El Romanticismo no se presenta como una ruptura abrupta, sino como una evolución natural del deseo humano de expresarse, de sentir y de comprender el mundo desde la emoción.
En Cartagena, la música deja de ser solo sonido y se convierte en experiencia interior. El Romanticismo, con su lirismo y su misterio, invita al público a escuchar con el alma abierta y a recordar que, incluso siglos después, la música sigue siendo uno de los lenguajes más profundos para nombrar lo que sentimos.
