Lara y Henríquez: del desencuentro al consenso


En política, pocas cosas son casualidad. Y mucho menos cuando un ministro del Interior y el presidente del Senado deciden sentarse a dialogar después de un primer desencuentro.

Rodrigo Lara y Honorio Henríquez acaban de protagonizar una escena que, más allá de la coyuntura puntual, puede terminar siendo una de las primeras señales sobre cómo se moverá el poder durante el nuevo Gobierno de Abelardo De La Espriella.

El episodio comenzó con las diferencias alrededor de las objeciones del Gobierno a un proyecto relacionado con los requisitos para acceder a determinados cargos directivos del Estado, una discusión legislativa que fácilmente podía escalar y convertirse en otro capítulo de la tradicional pelea entre Ejecutivo y Congreso, pero no ocurrió. 

Lara y Henríquez decidieron dialogar

Y ahí está la noticia política, porque el nuevo Gobierno tiene una realidad ineludible: puede tener el respaldo de las urnas, pero necesita construir mayorías en el Congreso, y esas mayorías no se decretan desde el Ejecutivo, se negocian, se construyen y, sobre todo, se mantienen. Henríquez tampoco llegó a la Presidencia del Senado para convertirse en una extensión del Gobierno, su elección dejó claro que la corporación tiene sus propias dinámicas, sus propios acuerdos y una autonomía que no puede confundirse con oposición. 

En ese punto aparece Lara, el ministro del Interior tendrá que ser mucho más que el defensor de las iniciativas presidenciales, tendrá que ser el hombre encargado de tender puentes, identificar coincidencias y encontrar salidas cuando las posiciones parezcan irreconciliables, y Henríquez tendrá que hacer algo parecido desde el otro lado de la mesa: preservar la independencia del Senado sin cerrar las puertas al entendimiento.

Ahí es donde un desencuentro puede transformarse en consentímiento

Henríquez no necesita convertirse en aliado incondicional del Batallón Paraíso (Barranquilla), del Palacio de San Carlos o de la Casa La Giralda para trabajar con el Gobierno. Tampoco Lara necesita que el Senado diga sí a todo para demostrar que existe gobernabilidad, la democracia funciona justamente porque existen diferencias, lo importante es qué se hace con ellas, si el diálogo entre Lara y Henríquez consigue producir una salida concertada a la controversia, el resultado será mucho más importante que el destino de un solo proyecto de ley. Será una primera señal de que Gobierno y Congreso pueden discrepar sin convertir cada diferencia en una batalla, y eso, en la Colombia política de hoy, ya sería una novedad. 

El nuevo Gobierno necesitará sacar adelante su agenda legislativa

El Senado necesitará ejercer su función constitucional de control y deliberación. Entre ambas responsabilidades existe un espacio que nadie puede evitar: la negociación. Por eso Lara tendrá una tarea compleja, deberá construir una interlocución con un Congreso en el que habrá aliados, independientes, sectores críticos y opositores, y tendrá que hacerlo sin quemar puentes cada vez que aparezca una diferencia. Henríquez, por su parte, tiene la oportunidad de demostrar que una Presidencia del Senado con autonomía no significa necesariamente confrontación, puede significar equilibrio, puede significar interlocución, puede significar acuerdos. 

La conversación entre ambos llega, además, en un momento en el que apenas comienzan a definirse las nuevas relaciones de poder, las alianzas todavía se están acomodando, los liderazgos comienzan a tomar posiciones y cada sector empieza a medir hasta dónde puede llegar, por eso esta escena aparentemente sencilla merece atención. Lara y Henríquez están ensayando una fórmula que podría resultar determinante durante los próximos cuatro años: diferir sin romper, negociar sin someterse y construir consensos sin renunciar a las propias posiciones.

El primer desencuentro ya ocurrió

Ahora viene lo verdaderamente importante: comprobar si el diálogo fue solamente una fotografía o el comienzo de una relación política capaz de producir resultados, porque en el nuevo Congreso cada voto contar, y, probablemente, cada conversación también. Al final, el poder no siempre se construye desde el discurso más fuerte, a veces se construye alrededor de una mesa, cuando dos actores con intereses distintos entienden que, para avanzar, primero tienen que sentarse a dialogar.

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