Apenas se conoció la magnitud del terremoto del 10 de agosto, Bogotá no esperó ninguna orden oficial para reaccionar ante la tragedia. Los puntos de acopio se multiplicaron por toda la ciudad y, en cuestión de horas, ya estaban llenos de ciudadanos cargando mercados, agua, colchonetas y kits de aseo para los damnificados. Seis días después, el balance de la Alcaldía Mayor superaba cualquier expectativa inicial sobre lo que una sola ciudad podía movilizar por su propia cuenta.
Según cifras confirmadas por la Alcaldía de Bogotá y la Cancillería colombiana, la ciudad recolectó y envió 1.800 toneladas de ayuda humanitaria hacia las zonas golpeadas por el sismo, mientras que los cuatro países que enviaron aportes bilaterales hasta ese momento —El Salvador, México, Chile y Perú— sumaron entre todos 222,5 toneladas. Es decir, una sola ciudad colombiana reunió más de ocho veces la ayuda que llegó del exterior durante la primera semana de la tragedia.
De esas 1.800 toneladas recogidas en toda la ciudad, 933 salieron de un solo punto: el estadio El Campín, que por sí solo representó más de la mitad de todo lo recogido en la capital del país entero. El escenario deportivo y sus alrededores se transformaron en una bodega gigante durante seis días, con más de 10.000 voluntarios y 2.000 vehículos llegando diariamente con donaciones, coordinados por la Alcaldía, la Cruz Roja Bogotá-Cundinamarca y el concesionario del estadio, Sencia.
Las 933 toneladas de El Campín se distribuyeron en 79 envíos hacia cinco departamentos distintos del país: Risaralda recibió la mayor parte, con 344 toneladas, seguido por Valle del Cauca con 236, Caldas con 157, Chocó con 138 y Quindío con 58. Mientras tanto, Medellín sumaba por su propia cuenta otras 178 toneladas en distintos puntos de la ciudad, entre bancos de alimentos y centros de acopio de la propia Alcaldía local antioqueña, según cifras oficiales.
El fenómeno no se limitó a las dos ciudades más grandes del país: Barranquilla reunió cerca de 180 toneladas, Bucaramanga 20, Cartagena alrededor de 40 y Tunja 13, según reportes recogidos por distintos medios colombianos en esos mismos días de la emergencia nacional que vivía el país. La suma de todos estos esfuerzos locales terminó superando ampliamente, y en muy poco tiempo, lo que la cooperación internacional había logrado movilizar hacia Colombia hasta ese momento.
Sin embargo, juntar la ayuda resultó ser la parte más fácil de todo este largo proceso humanitario. Las zonas más golpeadas quedan a cientos de kilómetros de Bogotá, y sacar, clasificar y distribuir esas toneladas hacia territorios de difícil acceso se convirtió en el verdadero cuello de botella logístico. Por esa razón, los puntos de acopio de la Alcaldía pausaron la recepción física a partir del 17 de agosto, para reorganizar el transporte hacia cada territorio afectado.
Mientras se reorganiza esa logística interna, la Cruz Roja continúa recibiendo donaciones económicas, que según las autoridades es lo único que se mueve con la rapidez suficiente a esa distancia tan grande dentro del país. La Alcaldía anunció además que los próximos esfuerzos de la ciudad se concentrarán en la fase de reconstrucción, apoyando frentes como vivienda, patrimonio cultural y redes de servicios públicos en los municipios más afectados por el sismo del 10 de agosto.
La cifra final deja una lectura potente sobre esta primera semana de tragedia nacional: la solidaridad de a pie, la de miles de manos cargando un mercado a la vez, terminó moviendo más toneladas que toda la diplomacia internacional junta hasta ese momento. El reto que viene ahora, coinciden las autoridades consultadas, ya no es reunir voluntad ni donaciones, sino lograr que cada tonelada recogida llegue efectivamente a quien más la necesita en este momento.

