En medio del cierre de la campaña presidencial colombiana, recordamos una canción de 1968 que volvió a sonar con fuerza en las calles. “Que me coma el tigre”, la canción de cumbia, luego de vallenato que décadas atrás inspiró la imagen del tigre de Sura, se convirtió en el himno extraoficial de los actos de Abelardo de la Espriella, candidato que disputará la segunda vuelta el 21 de junio de 2026. Su historia mezcla música popular, publicidad y, ahora, política.
La historia se remonta a Barranquilla, en 1968. Eugenio García Cueto, un taxista oriundo de Mahatés, Bolívar, no había logrado reunir la cuota diaria que debía entregarle al dueño del vehículo. La advertencia fue tajante: si al día siguiente no pagaba completo, perdería el carro. Esa noche, entre la rabia y el cansancio, mientras conducía por la avenida Olaya Herrera, repitió para sí una frase que terminaría marcando su vida: “que me coma el tigre”.
García Cueto no era músico de formación, pero la frase no se le fue de la cabeza. Con esa idea convertida casi en obsesión, se dirigió a los estudios de Discos Tropical, en Barranquilla, en busca de alguien dispuesto a grabarla. Décadas más tarde sería reconocido también como autor de otros temas costeños como “La mula baya” y “La costa”, aunque ninguno alcanzaría la fama de su primera composición.
La grabación se concretó en febrero de 1968 con el Combo de Duque Palomino. La voz principal estuvo a cargo de Gustavo Barros, mientras el saxofonista Nelson Díaz —primo del también músico Santander Díaz— aportó los arreglos. El tema se grabó en ritmo de paseíto, un género tradicional de la música de acordeón de la región Caribe colombiana, y quedó registrado bajo el sello Discos Tropical.
Lo que comenzó como un desahogo personal se transformó rápido en un éxito regional. En la Costa Caribe colombiana, el tema travieso y pegajoso se volvió costumbre en fiestas, bares y emisoras locales. Su ritmo alegre y su letra cargada de humor —la imagen de un hombre perseguido por un tigre como metáfora de una situación sin salida— conectó de inmediato con el público popular de la época.
El alcance del tema no se quedó en Colombia. La canción viajó sin freno hacia el Caribe y Europa: sonó en Cuba, en República Dominicana y llegó hasta España, donde encontró una segunda vida bajo un formato musical completamente distinto al original costeño, adaptándose a otro género y a otro público.
En España, el tema fue adoptado por la legendaria cantante y actriz Lola Flores, quien lo llevó al cine en la película “El taxi de los conflictos” (1969). Lo que en Barranquilla era un paseíto vallenato se transformó en una rumba flamenca cargada de teatralidad, interpretada con la guitarra de Antonio González “Pescaílla”, esposo de la artista. La frase “que me coma el tigre” quedó asociada para siempre a la imagen de “La Faraona”.
Mientras la canción sonaba en las emisoras de Barranquilla a comienzos de los años setenta, en Medellín los asesores de la Compañía Suramericana de Seguros Generales —hoy Sura— la usaban en clave de chiste para responder a las exigentes metas de un nuevo plan de incentivos. Los publicistas Luis Roberto Escobar, gerente de Publicidad de Sura, y José María Raventós, presidente de la agencia Puma, vieron en esa ocurrencia una oportunidad publicitaria.
En 1972 nació oficialmente el Tigre como símbolo de la compañía. Las primeras piezas mostraban un felino en blanco y negro, de trazos simples, que promovía el cuidado y la prevención de accidentes con dosis de humor. Para 1978 la imagen adquirió color y expresiones más amables, y en la década de 1980 el personaje salió del papel: se confeccionó el primer disfraz de tigre para ferias, convenciones y eventos públicos.
Medio siglo después, el Tigre de Sura sigue vigente. La mascota acompaña campañas de seguridad vial, entrega trofeos a los ganadores de las competencias de la Federación Colombiana de Ciclismo y hasta protagonizó mensajes de prevención durante la pandemia de covid-19, cuando apareció con tapabocas y recibiendo dosis de vacuna. Pocas canciones populares pueden decir que dieron origen a un símbolo corporativo con semejante permanencia.
La canción tuvo, además, una segunda vida musical. En 1999, el ídolo vallenato Diomedes Díaz grabó su propia versión del tema, llevándolo del paseíto original a un formato vallenato más moderno. Esa reinterpretación introdujo la canción a una nueva generación de oyentes y es, hasta hoy, la versión más reconocida por el público joven, muy por encima del registro original de 1968.
Cincuenta y siete años después de su grabación original, “Que me coma el tigre” volvió a estar en boca de millones de colombianos, pero por una razón distinta a la música o la publicidad: se convirtió en la banda sonora no oficial de una campaña presidencial, en plena recta final hacia la segunda vuelta del 21 de junio de 2026.
El 31 de mayo, tras conocerse los resultados preliminares de la primera vuelta, miles de seguidores del candidato Abelardo de la Espriella se reunieron en el Malecón del Río, en Barranquilla, vestidos con camisetas amarillas de la selección Colombia y ondeando banderas nacionales. En medio de la celebración, mientras De la Espriella arremetía duramente contra sus rivales, la versión vallenata de Diomedes Díaz sonó una y otra vez entre la multitud.
La elección de la canción no fue casual. La campaña adoptó la figura del “Tigre de la Espriella” como parte de su estrategia publicitaria, una imagen que generó roces judiciales tras las quejas presentadas por la campaña de Iván Cepeda, su rival en la segunda vuelta. El uso del animal como símbolo político terminó defendiéndose ante estrados judiciales, en medio de la disputa entre ambas campañas.
El fenómeno escaló cuando varios artistas vallenatos grabaron una nueva versión del tema en respaldo a la candidatura. El Che González y Franco Argüelles, entre otros acordeoneros y cantantes, publicaron en sus redes un video interpretando “Que me coma el tigre” con camisetas de la selección Colombia, acompañando el mensaje “aunque no los quieran prohibir, seguimos firmes por la patria”. El video se sumó a una larga lista de respaldos artísticos a la candidatura.
La trayectoria de “Que me coma el tigre” resume, en cierto modo, una porción de la cultura popular colombiana: una frase nacida de la frustración de un taxista terminó convertida en símbolo publicitario de una de las aseguradoras más grandes del país y, casi seis décadas después, en bandera sonora de una contienda presidencial. Pocas canciones logran atravesar tantos escenarios sin perder su identidad original.

