Carolina Rojas no recuerda con exactitud el día en que dejó de ser una niña inquieta para convertirse en promesa de la natación colombiana. Sí recuerda el impulso: su papá, una decisión sencilla en casa, su hermano que ya nadaba. Tenía siete u ocho años cuando la inscribieron. Nadie midió entonces hasta dónde llegarían las ondas de ese primer salto al agua. Hoy, con 17 años, esas ondas llegaron hasta Panamá con cinco medallas de bronce.
Los Juegos Suramericanos de la Juventud, celebrados en Ciudad de Panamá, fueron el escenario donde la nadadora colombiana terminó de explotar. Se colgó preseas en las pruebas de 100m y 50m libre, relevo mixto 4x100 combinado, 4x100 libre femenino y mixto. Cinco medallas que no solo pesan por el metal, sino por todo lo que cargan detrás. Cada una es la suma de años de formación, madrugones, competencias ganadas y perdidas, y una convicción que fue creciendo con el tiempo.
Esa convicción tiene una ruta institucional clara. Bajo el liderazgo del Ministerio del Deporte, los Juegos Intercolegiados y los Juegos Nacionales Juveniles funcionan como una escalera estructurada que permite descubrir, formar y proyectar a jóvenes atletas. Para Rojas, ese camino no fue solo un trámite burocrático: fue el espacio donde encontró identidad, donde representar a su colegio y a su departamento dejó de ser un detalle y se convirtió en una responsabilidad elegida conscientemente.
Los Juegos Intercolegiados le entregaron medallas, pero también algo más profundo: la certeza de que nadar ya no era solo un impulso familiar. Allí empezó a descubrirse como deportista. A entender que su nombre podía pronunciarse más allá del barrio o la ciudad. Que el trabajo en la piscina tenía un propósito que trascendía la rutina. Esos escenarios que para muchos son estaciones de paso, para ella fueron cimientos sólidos sobre los cuales construir todo lo que vino después.
Luego llegaron los Juegos Nacionales Juveniles del Eje Cafetero en 2024, un punto de inflexión silencioso pero determinante. En aguas más exigentes y frente a una competencia más intensa, Rojas dejó de ser promesa para empezar a convertirse en realidad. Fue el tránsito de la ilusión a la convicción. El momento en que entendió que su nombre podía empezar a sonar en serio dentro de la natación colombiana. Ese año marcó un antes y un después en su proceso deportivo.
Rojas habla hoy con la serenidad de quien ha aprendido a convivir con el esfuerzo. “Encontré ese amor a este deporte que todavía tengo y disfruto”, afirma. No como frase hecha, sino como certeza construida entrenamiento tras entrenamiento. También tiene claro que el aprendizaje no distingue entre triunfos y derrotas. “Todas las competencias tienen sus altos y sus bajos, pero siempre uno se lleva una enseñanza”, señala. Esa mentalidad es parte esencial de lo que la llevó hasta Panamá.
Lo más revelador de su historia no está en el medallero, sino en su forma de mirar el camino recorrido. “La Carolina de ahora no se dimensiona lo tan lejos que ha llegado”, confiesa. En esa frase hay asombro genuino, no pose ni protocolo. En el fondo, sigue siendo esa niña a la que un día empujaron suavemente hacia el agua para que no se quedara quieta. Solo que ahora nada con propósito, con nombre propio y con cinco medallas que lo confirman.
Sueña con un récord nacional. Con dejar su nombre marcado en la historia de la natación colombiana. Incluso con cosas que todavía no alcanza a imaginar del todo. Y quizás ahí radica su mayor fortaleza: en esa mezcla de inocencia y determinación que la mantiene avanzando sin el peso de la certeza absoluta. Aún no termina de entender hasta dónde puede llegar, pero el agua, que nunca miente, ya comenzó a decirlo con cinco medallas de bronce en Panamá.
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