La cinematografía nacional conmemora una de sus piezas más crudas y honestas con la película Ajuste de cuentas, dirigida por el chileno radicado en Colombia Dunav Kuzmanich. Aunque durante años ciertos sectores de la crítica intentaron vincular erróneamente su trama con el contexto de la Medellín de inicios de los 80, la realidad visual de la cinta es una declaración de principios sobre la Bogotá de aquella década. Rodada íntegramente en la capital, la obra se aleja de los regionalismos para centrarse en un drama criminal urbano que encuentra en las calles de un país en transformación el escenario perfecto para una historia de decadencia y traición.
La trama se fundamenta en una realidad estadística estremecedora que el propio filme anuncia en su apertura: durante 1981, se cometieron en Colombia 83.524 delitos contra la vida, de los cuales 10.194 fueron homicidios. Bajo este promedio de 28 muertes diarias, muchas catalogadas como retaliaciones, la película narra una historia ficticia que bien podría haber ocurrido en cualquier esquina del país. La advertencia inicial subraya que, aunque los personajes son fruto de la imaginación de los autores, el clima de violencia que retrata era el pan de cada día en una sociedad que empezaba a normalizar el crimen.
En el centro del relato aparece Don Waldo, un jefe de la mafia en franca decadencia que ve cómo su poder y sus antiguos códigos de honor se desvanecen. Interpretado por el actor chileno Marcelo Gaete, el personaje encarna la caída de un imperio frente a una nueva delincuencia más técnica y despiadada. El valor documental de esta producción radica en su elección de locaciones en el sur de Bogotá, donde el barro, el ladrillo a la vista y el frío sabanero no son solo decorados, sino protagonistas que reflejan el aislamiento de un hombre que se queda cada vez más solo.
El elenco consolida un reparto de lujo con figuras icónicas del cine nacional como Florina Lemaitre, Hernando Casanova y Edgardo Román, quienes logran transmitir la amargura de un entorno donde la lealtad es un valor en extinción. La participación de Olimpo Cárdenas, Iván Rodríguez y Omar Sánchez aporta una solidez interpretativa que eleva la tensión en cada escena rodada en las bodegas industriales o las zonas en ese momento irregulares de la capital. Estos actores habitan los callejones del centro y el sur con una autenticidad que solo la mano de Kuzmanich, apoyada en el guion de Lilian Pulgarín, podía extraer de sus intérpretes.
La vigencia de esta obra se mantiene gracias a una labor de restauración realizada hace años sobre los negativos de 35 milímetros, lo que permitió rescatar la fotografía granulosa de Diego Villegas. En el marco del cuadragésimo aniversario de la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano, resulta pertinente reconocer este esfuerzo técnico como una pieza clave para entender el cine de autor en el país. Preservar el material de Kuzmanich ha permitido alejarse de los estereotipos de la época y recuperar una imagen nítida de la realidad social que el director chileno decidió plasmar en el celuloide.
Al haber eliminado las impurezas del tiempo, el proceso de conservación permite hoy valorar la profundidad de un drama que exigía una sobriedad técnica impecable para no caer en el espectáculo gratuito. Este trabajo institucional aseguró que el legado de un cineasta que entendió las dinámicas de la violencia colombiana con una mirada comprometida no se perdiera en el olvido. La existencia de estas copias facilita reconocer la película como un hito del cine rodado en la capital, donde el paisaje urbano del sur se funde en una narrativa criminal que sigue resultando inagotable tras cuatro décadas.
La disponibilidad de este material restaurado fomenta además la investigación académica sobre la geografía cinematográfica de la sabana bogotana. Gracias a esta previsión técnica, es posible analizar con precisión cómo Kuzmanich utilizó el entorno industrial y de las diferencias sociales para construir un relato que muchos confundieron con otras latitudes por prejuicios temáticos. La reconstrucción sonora y visual devolvió la intensidad a los diálogos y la nitidez a las expresiones de los personajes, elementos fundamentales para transmitir la tensión constante de un relato que evita las soluciones fáciles y retrata el fin de una era delictiva.
Finalmente, este balance en el aniversario institucional subraya la importancia de la continuidad en las labores de protección del archivo audiovisual nacional. Cada fotograma recuperado de la filmografía de Kuzmanich es una pieza del rompecabezas de la identidad nacional que se salvó de la desaparición definitiva. Ajuste de cuentas se erige como un testimonio de que el cine colombiano de los años 80 tuvo una voz propia, urbana y valiente, cuya trascendencia operativa y artística sigue proyectándose con la fuerza y la claridad que exige la historia cultural de Colombia.
