Cada año, cuando llega la ceremonia de los premios Óscar, el cine entra en un estado particular de expectativa global. La gala organizada por la Academy of Motion Picture Arts and Sciences se ha convertido, a lo largo de casi un siglo, en una mezcla de celebración artística, ritual industrial y espectáculo mediático. Más que una premiación, es un momento en el que la industria del cine se observa a sí misma y decide qué historias merecen quedar inscritas en la memoria cultural.
El impacto económico y simbólico de estos premios es enorme. Obtener una estatuilla puede transformar el destino comercial de una película, multiplicar sus ingresos en taquilla, reactivar su distribución internacional y redefinir la carrera de actores, directores y guionistas. Para los estudios y plataformas de streaming, los Óscar representan prestigio, influencia y millones de dólares en visibilidad global. Pero también funcionan como una vitrina que proyecta el cine como arte y como lenguaje cultural.
Sin embargo, hablar de los Óscar implica reconocer sus contradicciones históricas. Durante décadas, la Academia ha sido cuestionada por su sesgo cultural y su fuerte mirada centrada en Hollywood. La escasa representación de artistas afrodescendientes, la marginalización de historias queer o la limitada diversidad en las nominaciones alimentaron críticas que detonaron movimientos como #OscarsSoWhite. Aunque la institución ha impulsado reformas, el debate sobre inclusión y representación continúa abierto.
A esto se suma una caída progresiva en audiencia y relevancia mediática. En la última década, los premios han perdido parte del magnetismo que tuvieron en otras épocas. Para muchos analistas, la conversación pública en torno a las películas ha cambiado radicalmente con el auge de las plataformas digitales y las redes sociales. Hoy parece que el debate cultural alrededor del cine pesa más que la ceremonia misma.
Paradójicamente, lo que revitalizó la edición número 98 de los premios fue aquello que durante años quedó en segundo plano: el cine internacional. La ceremonia de 2026, realizada el 15 de marzo en el Dolby Theatre de Los Ángeles con Conan O’Brien como anfitrión, dejó una cifra histórica. De las 50 películas nominadas, 23 correspondieron a producciones internacionales, reflejando un cambio significativo en la mirada de la Academia.
Ese dato confirma una transformación profunda en la industria cinematográfica global. Las narrativas provenientes de distintos países han ganado terreno en festivales, plataformas y audiencias, ampliando el mapa cultural del cine contemporáneo. La edición de este año mostró una tensión interesante entre el espectáculo tradicional de Hollywood y las historias que dialogan de manera más directa con las realidades sociales y culturales del mundo.
A pesar de sus imperfecciones, los Óscar continúan ocupando un lugar simbólico dentro de la imaginación del cine. Para generaciones de realizadores —desde estudiantes que comienzan con cámaras prestadas hasta directores consagrados— la estatuilla dorada sigue representando la posibilidad de que una historia personal, arriesgada o profundamente humana llegue a millones de espectadores.
Este año la temporada de premios se perfila especialmente intensa. La conversación gira en torno a One Battle After Another, la ambiciosa obra de Paul Thomas Anderson, mientras que su rival más fuerte aparece con Sinners, dirigida por Ryan Coogler. El duelo entre estas dos visiones cinematográficas refleja una disputa mayor: qué tipo de cine marcará el futuro de la industria y de la narrativa audiovisual global.
Columna de. Lysander Cepeda Molina – Cineasta y escritor
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