La sombra del acoso en el periodismo colombiano

 

El periodismo colombiano atraviesa una de sus horas más oscuras. La reciente confirmación por parte de Caracol Televisión sobre una investigación interna contra dos de sus presentadores por presunto acoso sexual ha destapado una caja de Pandora. Este anuncio, realizado el pasado 20 de marzo, no solo suspendió a los implicados por 30 días, sino que provocó una reacción en cadena. Figuras como Mónica Rodríguez y Catalina Botero alzaron su voz para señalar que estas conductas han sido "normalizadas" durante años en las salas de redacción, donde el miedo a perder el empleo silenciaba a las víctimas.

En RCN Televisión, el panorama no es menos desolador. Relatos recientes de periodistas que pasaron por esa casa periodística describen ambientes de terror psicológico y agresiones físicas a equipos de trabajo, como el caso de un directivo que, en ataques de ira, destruía herramientas de oficina. Sin embargo, lo más grave son las denuncias de acoso sexual que han emergido, donde comunicadoras relatan haber sido abordadas por figuras de poder en oficinas privadas o ascensores, enfrentando el dilema de callar para no "cerrarse las puertas" en una industria tan competitiva y cerrada.

El sistema de medios públicos, RTVC, también se encuentra en el ojo del huracán bajo la gerencia de Hollman Morris. Las denuncias de acoso laboral han provocado una desbandada de directivas, incluyendo a la exdirectora de Señal Colombia, Silvana Orbe, y Lina Marcela Moreno. Los señalamientos apuntan a una persecución sistemática y a un ambiente hostil que ha sido reportado incluso ante la Procuraduría General de la Nación. Estos casos demuestran que la crisis de ética y respeto no distingue entre el sector privado y el público, afectando la misión misma de informar.

Lo que ocurre hoy en estos medios es un síntoma de una estructura de poder vertical y, en muchos casos, depredadora. No se trata solo de "momentos incómodos", como bien han aclarado las denunciantes, sino de una cultura de "vacas sagradas" donde el silencio ha sido el cómplice necesario. El hecho de que presentadoras de gran trayectoria tengan que recurrir a sus redes sociales para validar las denuncias actuales evidencia la desconfianza en los protocolos internos de las compañías periodísticas. La credibilidad del periodista se forja en la calle, pero se sostiene en la integridad de su lugar de trabajo.

Es alarmante ver cómo la figura del "acosador de la calle" también afecta a las comunicadoras, como el caso de Alejandra Murgas en Noticias Caracol, quien fue asediada durante meses por un exmilitar. Este incidente subrayó la vulnerabilidad de las periodistas colombianas, quienes deben enfrentar amenazas externas mientras lidian con dinámicas tóxicas internas. La falta de una respuesta contundente por parte de las autoridades judiciales en estos casos específicos de hostigamiento envía un mensaje de desprotección que solo profundiza la crisis de seguridad laboral para las mujeres en el gremio.

La sociedad colombiana hoy exige que la "chiva" o la primicia no se cobren con la dignidad de quienes la producen. La presión de gremios y organizaciones defensoras de derechos humanos ha sido fundamental para que las directivas de los canales salgan a dar la cara. El director de Noticias Caracol, Juan Roberto Vargas, afirmó recientemente que "no son jueces, pero tampoco espectadores", una frase que debe traducirse en acciones legales concretas y no solo en comunicados de prensa. La transparencia en estas investigaciones es la única vía para recuperar una fe ciudadana que hoy está profundamente lastimada.

La invitación a la Secretaría Distrital de la Mujer y a otros organismos de control es a no soltar estos casos. El acompañamiento integral es urgente, pues las implicaciones psicológicas de trabajar bajo el yugo del acoso pueden truncar carreras brillantes de forma definitiva. Es momento de que las casas periodísticas revisen sus manuales de convivencia y los conviertan en escudos reales para sus trabajadores. El periodismo no puede seguir siendo un oficio donde para ascender se deba tolerar lo intolerable o aceptar favores sexuales como parte de la dinámica profesional.

Finalmente, esta columna es un llamado a la coherencia. No podemos informar sobre la justicia social mientras en nuestras propias oficinas se pisotean los derechos fundamentales de colegas y colaboradores. La valentía de quienes hoy denuncian en Caracol, RCN y RTVC debe marcar un antes y un después en la historia de nuestra prensa. Solo erradicando el patrón machista y la intimidación podremos garantizar que la próxima generación de periodistas trabaje en un entorno de paz. La verdad, para ser legítima, debe nacer de un entorno libre de abusos y sombras.

Columna de. Jhonatan Rojas - Director Revista Impacta

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