La desnutrición crónica en la primera infancia sigue siendo uno de los desafíos estructurales más complejos del país, con impactos que trascienden la salud y afectan el desarrollo social y económico. Según la ENSIN, uno de cada nueve niños menores de cinco años presenta baja talla para su edad, indicador clave de esta condición. Sin embargo, experiencias recientes demuestran que, con intervenciones integrales, es posible revertir sus efectos y cambiar el rumbo de miles de familias.
Más allá de la falta de alimentos, la desnutrición crónica responde a una red de factores sociales que incluyen pobreza, acceso limitado a servicios de salud, educación y condiciones de cuidado. En este contexto, la inseguridad alimentaria continúa siendo alarmante: en 2024, el 25,5% de los hogares en Colombia reportó dificultades para acceder a alimentos suficientes, según el DANE. Esta realidad afecta de manera más profunda a hogares con jefatura femenina, donde la pobreza alcanza el 36,1%.
Las consecuencias de esta condición son profundas y de largo plazo. La desnutrición crónica no solo limita el crecimiento físico, sino también el desarrollo cognitivo. Estudios han evidenciado que un niño con esta condición puede tener hasta 14 puntos menos en su coeficiente intelectual, menor trayectoria educativa y una reducción significativa en sus ingresos futuros. En otras palabras, se trata de una problemática que impacta directamente la construcción de capital humano en el país.
Expertos coinciden en que se trata de un fenómeno multicausal. La falta de una adecuada alimentación en los primeros años, sumada a barreras en el acceso a agua potable y servicios de salud, crea un entorno adverso para el desarrollo infantil. A esto se suma la carga que enfrentan muchas madres, quienes, en condiciones de vulnerabilidad, tienen menos oportunidades de acceder a empleo y educación, perpetuando un círculo de pobreza que incide directamente en la nutrición de sus hijos.
Frente a este panorama, las soluciones requieren un enfoque integral. Desde la Fundación Éxito, se ha demostrado que combinar nutrición adecuada con acompañamiento en salud, acceso a agua segura y orientación en prácticas de crianza puede generar resultados concretos. De hecho, uno de cada dos niños con desnutrición crónica atendidos por sus programas logró mejorar su condición, evidenciando que el problema es reversible si se interviene de manera oportuna.
En paralelo, la desnutrición aguda sigue representando una urgencia crítica. Esta condición, que puede poner en riesgo inmediato la vida de los niños, también incrementa la probabilidad de desarrollar desnutrición crónica. No obstante, programas focalizados han logrado tasas de recuperación del 81,3%, lo que refuerza la importancia de una atención temprana y sostenida en los territorios más vulnerables.
Otro elemento clave en este análisis es la salud mental de los cuidadores, especialmente de las mujeres. Datos del Ministerio de Salud indican que el 75,4% de las mujeres entre 18 y 24 años ha enfrentado problemas de salud mental en algún momento de su vida. Este factor incide directamente en las dinámicas de crianza, ya que el estrés, la ansiedad y la sobrecarga pueden afectar la calidad del cuidado y, en consecuencia, el desarrollo infantil.
En ese sentido, el país comienza a avanzar hacia modelos de intervención más integrales que articulan nutrición, salud mental y generación de ingresos. Experiencias como las de la Fundación Éxito, que en 2025 impactó a cerca de 70.000 niños y sus familias en todo el país, evidencian que la solución no está únicamente en garantizar alimentos, sino en fortalecer los entornos familiares y sociales que sostienen la vida de la infancia.
El desafío, sin embargo, sigue siendo estructural. Cerca de un millón de niños en Colombia están en riesgo de padecer desnutrición crónica, según análisis basados en determinantes sociales como el nivel educativo de la madre, el acceso a salud y las condiciones territoriales. Esto exige políticas públicas más focalizadas y sostenidas, así como una articulación efectiva entre el Estado, el sector privado y la sociedad civil.
En última instancia, combatir la desnutrición infantil implica reconocer que no es solo un problema de comida, sino de inequidad. Donde hay pobreza, falta de oportunidades y debilidad institucional, la infancia crece con desventajas. Pero también, donde hay intervención integral, acompañamiento y compromiso colectivo, la nutrición se convierte en la base de un futuro posible para millones de niños en Colombia.
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Salud

