Jorge Iván Mina: educación, territorio y cultura como ejes de transformación

 


La educación se consolida como uno de los pilares del debate público en Colombia, especialmente cuando se analiza su relación con el desarrollo regional, la permanencia de los jóvenes en sus territorios y la capacidad productiva del país. En medio de una campaña marcada por temas como justicia, seguridad y emprendimiento, el enfoque educativo aparece como un eje estructural para replantear el modelo de crecimiento nacional.

La discusión ya no se limita a cobertura o infraestructura escolar. Hoy el reto está en la pertinencia: qué se enseña, para qué se enseña y cómo ese aprendizaje se conecta con las realidades económicas, culturales y ambientales de cada región. En un país con enorme biodiversidad, múltiples climas y vocaciones productivas diversas, la formación académica empieza a verse como herramienta de transformación territorial.

En ese escenario, surgen propuestas que buscan articular educación con agroindustria, sostenibilidad, identidad cultural y economías creativas. La idea de que los jóvenes no tengan que migrar forzosamente a las grandes ciudades, sino que encuentren oportunidades dignas en sus propios territorios, se convierte en un punto central de la conversación.

Bajo esa mirada, el candidato a la Cámara Jorge Iván Mina plantea una apuesta educativa ligada al campo, la etnoeducación, la cultura y la economía territorial, en diálogo con las comunidades y sus realidades. Jhonatan Rojas – Director de Revista Impacta.

Director Impacta: ¿Qué podemos hablar hoy del tema de la educación dentro de su propuesta?
Jorge Iván Mina: La educación debe ser el motor de la transformación productiva del país. Nuestra propuesta plantea que los Proyectos Educativos Institucionales incluyan una orientación hacia la vocación agropecuaria y agroindustrial de Colombia. Somos un país biodiverso, con todos los climas y relieves, pero no estamos formando suficientes técnicos e ingenieros para el campo. Eso explica por qué importamos alimentos que podríamos producir. Formar por competencias ligadas al territorio permitirá empleo local, soberanía productiva y desarrollo sostenible.

D.I. Usted ha insistido en que la educación debe aprender también de las culturas. ¿Cómo se aplica eso en la Colombia profunda?
J.M. La educación en territorios étnicos no puede ser una copia de modelos urbanos. La etnoeducación es clave para que el aprendizaje tenga sentido cultural y territorial. Hoy más de 20.000 docentes con enfoque étnico trabajan en esa línea, y se discuten mejoras en su estatuto. Un docente formado en contexto ancestral comunica mejor, fortalece identidad y arraigo. Así, la escuela no rompe la cultura del territorio, sino que la potencia como base de desarrollo.

D.I. ¿Qué papel cumple la cultura dentro de su propuesta educativa y económica?
J.M. La cultura es una industria con enorme potencial. Colombia es diversa, multilingüe y artística; eso debe traducirse en economía. Desde la educación podemos fortalecer industrias creativas, turismo cultural y producción artística como formas de empleo digno. Se requieren políticas que incentiven vivir del arte y la cultura. Esto no es accesorio: las economías culturales ya generan ingresos importantes y pueden complementar la agroindustria como motor regional, especialmente para jóvenes.

D.I. Usted ha recorrido el país. ¿Cómo siente la relación entre educación y las necesidades reales de la gente?
J.M. En el territorio la gente pide oportunidades, no asistencialismo. Jóvenes quieren estudiar algo que sirva para trabajar donde viven. Mujeres, transportadores, víctimas y comunidades rurales coinciden en que la educación debe abrir puertas productivas reales. Por eso hablamos de formación por competencias, conectada con economías locales, tecnología, ambiente y cultura. La cercanía con la gente muestra que el problema no es falta de talento, sino falta de un modelo educativo alineado con la realidad.

D.I. ¿Cómo conecta esta visión educativa con otros sectores que usted representa en su campaña?
J.M. La educación es transversal. Si formamos en agroindustria, apoyamos al campesino; si fortalecemos etnoeducación, respaldamos comunidades afro e indígenas; si impulsamos cultura, fortalecemos economías creativas; si promovemos formación técnica, generamos empleo para víctimas y jóvenes. Incluso sectores como transporte o fuerza pública requieren capacitación especializada. La educación bien orientada articula desarrollo social, productivo y territorial, y reduce brechas históricas entre la Colombia urbana y la rural.

D.I. Finalmente, ¿qué significa para usted hablar de educación como un proyecto de país y no solo como política sectorial?
J.M. Significa entender que la educación define el rumbo de la nación. No es solo un servicio, es la base de nuestra soberanía alimentaria, cultural y económica. Si educamos para producir, crear y cuidar el territorio, reducimos desigualdad y dependencia externa. Un país que forma a su gente según su realidad logra desarrollo con identidad. La educación debe ser el puente entre el talento de nuestra gente y las oportunidades que hoy Colombia necesita construir.

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