Expertos advierten que la educación sigue preparando talento para un mercado laboral que ya desapareció

 

La educación superior en Colombia atraviesa una coyuntura crítica marcada por una creciente desconexión entre formación académica y mercado laboral. Aunque la cobertura ha aumentado, miles de jóvenes egresan sin lograr insertarse en empleos formales acordes con sus estudios. El desempleo juvenil, cercano al 19 %, refleja tensiones estructurales que ponen en cuestión la pertinencia de los modelos tradicionales frente a una economía que cambia más rápido que los planes de estudio.

El fenómeno no es exclusivo del país. A nivel global, los sistemas educativos enfrentan industrias que evolucionan impulsadas por digitalización, automatización e inteligencia artificial. En este contexto, la educación dejó de ser un evento puntual asociado a un título profesional. Hoy se concibe como un proceso continuo de actualización de competencias, donde la adaptabilidad resulta tan importante como el conocimiento técnico adquirido durante la formación inicial.

Durante 2025, el sector educativo colombiano evidenció presiones adicionales: cambios demográficos que reducen la población en edad universitaria, limitaciones financieras para instituciones y hogares, y una percepción creciente de que estudiar no siempre garantiza movilidad laboral. A esto se suman transformaciones socioculturales que modifican expectativas. Los estudiantes buscan trayectorias más cortas, flexibles y con aplicación práctica inmediata, en lugar de recorridos largos con retornos inciertos.

Uno de los cambios más visibles ha sido la expansión de modalidades virtuales e híbridas. Más que una tendencia tecnológica, responde a una necesidad concreta: compatibilizar estudio, trabajo y responsabilidades personales. Para amplios sectores de la población, el modelo presencial rígido resulta inviable. Esto obliga a las instituciones a diseñar rutas académicas modulares, personalizadas y escalables, donde el estudiante pueda avanzar por etapas sin abandonar el mercado laboral.

Paralelamente, gana fuerza el enfoque basado en competencias. Los empleadores valoran cada vez más la capacidad de resolver problemas, adaptarse a entornos cambiantes y ejecutar tareas concretas. Esta lógica cuestiona programas excesivamente teóricos y estructuras curriculares rígidas. Las metodologías que conectan el aprendizaje con retos reales del entorno productivo se convierten en un diferencial, especialmente en sectores donde la tecnología redefine constantemente los perfiles ocupacionales.

Desde la academia, algunas instituciones han empezado a ajustar su propuesta. CEIPA, por ejemplo, plantea un modelo que articula empresa, academia y territorio para formar talento pertinente y empleable. Su enfoque prioriza metodologías prácticas y vínculos con el sector productivo, con la intención de cerrar la brecha entre lo que se enseña y lo que demandan las organizaciones, en un escenario de alta incertidumbre laboral.

La transformación digital es otro eje crítico. Aunque Colombia muestra altos niveles de conectividad, el uso cotidiano de plataformas digitales no se traduce automáticamente en habilidades productivas. Persiste un déficit de talento en áreas como inteligencia artificial, ciencia de datos y ciberseguridad. Esta brecha limita la competitividad del país y revela que el acceso tecnológico, por sí solo, no sustituye procesos formativos orientados a competencias especializadas.

Frente a este panorama, el desafío de 2026 no se reduce a ampliar cobertura. Implica rediseñar la educación para que genere oportunidades reales de empleo, productividad y crecimiento. La tendencia apunta hacia microcredenciales, programas cortos y aprendizaje a lo largo de la vida. Si las instituciones no logran adaptarse al ritmo de la economía, el desempleo juvenil seguirá siendo estructural, y la educación perderá relevancia como motor de desarrollo social y económico.

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