Colombia atraviesa un punto de inflexión en su transformación energética, en un escenario global donde la seguridad del suministro, la sostenibilidad y la competitividad económica convergen como prioridades estratégicas. El país mantiene una de las matrices eléctricas más limpias de América Latina, con más del 66% de su generación proveniente de fuentes renovables, principalmente hidroeléctricas, una ventaja histórica que hoy redefine su papel regional frente a la transición energética.
Sin embargo, esa fortaleza estructural también revela una vulnerabilidad creciente. La alta dependencia del recurso hídrico expone al sistema eléctrico a sequías prolongadas y variabilidad climática, fenómenos cada vez más frecuentes por el cambio climático. Este contexto obliga a Colombia a avanzar hacia una matriz no solo limpia, sino diversificada y resiliente, capaz de responder a eventos extremos sin comprometer la estabilidad del suministro eléctrico nacional.
Según un estudio de OBS Business School sobre el sector energético hacia 2026, la diversificación será la prioridad estratégica. En ese panorama, La Guajira emerge como territorio clave gracias a su recurso eólico de clase mundial. Los proyectos eólicos buscan ampliar la capacidad instalada y reducir la dependencia hídrica, aunque su consolidación depende de nuevas líneas de transmisión que conecten el Caribe con los principales centros de consumo.
La energía solar a gran escala también gana protagonismo como complemento de la base hidroeléctrica. El desarrollo fotovoltaico, junto con pilotos de almacenamiento mediante baterías (BESS), permitirá mejorar la resiliencia del sistema frente a contingencias climáticas y aportar servicios de regulación y estabilidad de frecuencia. Estos elementos son esenciales en sistemas con alta penetración renovable, donde la flexibilidad operativa se convierte en factor determinante de seguridad energética.
En comparación internacional, el informe sitúa a Europa como referente de integración renovable, mientras en América Latina destacan Brasil, Chile y Uruguay por sus matrices diversificadas. Colombia se posiciona favorablemente en términos de generación limpia, pero enfrenta el reto de evolucionar hacia un sistema flexible y moderno. La transición ya no se mide solo en porcentaje renovable, sino en la capacidad de gestionar la variabilidad sin afectar la confiabilidad.
Uno de los principales desafíos identificados es la infraestructura. Persisten cuellos de botella en transmisión y distribución que limitan la integración eficiente de nuevos proyectos renovables. Como advierte el analista Víctor Ruiz Ezpeleta, la transición energética depende tanto de producir energía limpia como de contar con redes capaces de gestionarla sin poner en riesgo la continuidad del servicio, un aspecto crítico para la competitividad nacional.
De cara a 2026–2030, el estudio plantea tres prioridades: acelerar la inversión en transmisión, incorporar el almacenamiento como pilar del sistema y fortalecer la planificación de largo plazo frente a riesgos climáticos. Estos elementos permitirán transformar la transición energética en ventaja competitiva, atrayendo inversión, impulsando innovación tecnológica y fortaleciendo la seguridad energética del país en un entorno global incierto.
Colombia no solo compite por producir energía limpia, sino por consolidarse como un sistema energético moderno, resiliente y preparado para la electrificación de la economía. El verdadero liderazgo regional dependerá de convertir su ventaja natural en infraestructura robusta, tecnología y gobernanza estratégica, asegurando que la transición energética sea sostenible, segura y económicamente rentable.
