Durante seis décadas, el nombre de Camilo Torres Restrepo ha ocupado un lugar singular en la historia colombiana, suspendido entre la sociología, la fe, la política y la guerra. Sacerdote católico, académico de la Universidad Nacional y luego integrante del Ejército de Liberación Nacional, su muerte en combate en 1966 marcó uno de los episodios más simbólicos del nacimiento de las insurgencias contemporáneas. Sin embargo, el misterio sobre el paradero de su cuerpo prolongó esa historia mucho más allá del campo de batalla.
La ausencia de sus restos convirtió su figura en una presencia fantasmal dentro de la memoria nacional. Durante años, su destino físico fue objeto de versiones contradictorias, silencios institucionales y relatos transmitidos entre militares, excombatientes y testigos indirectos. Mientras su pensamiento circulaba en universidades y movimientos sociales, el cuerpo permanecía desaparecido, como si la historia misma se resistiera a cerrar el capítulo de uno de los personajes más complejos del siglo XX colombiano.
El año 2026, al cumplirse sesenta años de su muerte, alteró ese prolongado vacío. La confirmación científica de restos atribuidos a Torres no sólo respondió una pregunta forense, sino que reabrió debates sobre la manera en que el país enfrenta su pasado armado. La identificación no fue un acto inmediato ni un hallazgo fortuito, sino el resultado de investigaciones archivísticas, análisis genéticos y procesos de búsqueda vinculados a los mecanismos humanitarios surgidos tras el acuerdo de paz firmado medio siglo después de los hechos.
El redescubrimiento del cuerpo, lejos de producir un cierre automático, evidenció nuevas tensiones. Las instituciones encargadas del análisis, la verificación y la entrega debieron enfrentarse a protocolos rigurosos, dudas metodológicas y discusiones sobre el lugar que debía ocupar Torres en la memoria oficial. La ciencia forense avanzaba mientras el debate público recordaba que su figura continúa dividiendo interpretaciones entre símbolo revolucionario, sacerdote comprometido con los pobres o actor que optó por la vía armada.
Así, el aniversario sesenta no se limitó a una conmemoración histórica. Se transformó en un momento de revisión crítica sobre cómo Colombia recuerda a sus protagonistas del conflicto, cómo se gestionan los desaparecidos y cómo se construyen narrativas nacionales cuando los hechos están atravesados por ideologías enfrentadas. La aparición de los restos de Camilo Torres no sólo devolvió un cuerpo; obligó al país a mirarse nuevamente en el espejo de su propia historia.
El sacerdote que quiso hacer de la sociología una acción pastoral
Antes de empuñar un fusil, Camilo Torres fue reconocido como uno de los impulsores de la sociología moderna en Colombia. Formado en Lovaina, regresó al país convencido de que el análisis científico de la desigualdad debía traducirse en transformación social concreta. Su trabajo académico y pastoral lo llevó a recorrer barrios populares, promover organizaciones comunitarias y cuestionar abiertamente las estructuras políticas excluyentes que, a su juicio, impedían la participación real de las mayorías.
Su visión combinaba cristianismo y compromiso social en una época marcada por la Guerra Fría y la radicalización ideológica en América Latina. Para Torres, la caridad tradicional resultaba insuficiente frente a la pobreza estructural. Sostenía que el amor al prójimo debía expresarse también en cambios institucionales. Esa interpretación lo acercó a corrientes que luego serían identificadas con la teología de la liberación, aunque su tránsito hacia la lucha armada generó profundas controversias dentro de la Iglesia.
La creación del Frente Unido del Pueblo en 1965 fue uno de sus intentos por articular una alternativa política amplia que evitara la violencia. Sin embargo, el fracaso de ese proyecto y el cierre de espacios de participación lo llevaron a considerar que la insurgencia era la única vía posible para transformar el país. Su decisión de integrarse al ELN fue tan breve como determinante: murió meses después, sin haber disparado siquiera en combate según varios testimonios históricos.
Esa muerte temprana contribuyó a la construcción de un mito. Torres no alcanzó a desarrollar una trayectoria guerrillera prolongada, pero su paso de sacerdote a insurgente condensó las tensiones de una época en la que religión, revolución y reforma social parecían caminos entrelazados. Desde entonces, su figura quedó suspendida entre la historia documentada y la memoria simbólica, un territorio donde las interpretaciones se multiplican con el paso del tiempo.
Del aula universitaria al monte: el tránsito hacia la insurgencia y la muerte en 1966
El paso de Camilo Torres de la vida académica a la militancia armada no fue un giro repentino, sino un proceso marcado por frustraciones políticas y convicciones ideológicas acumuladas. Tras años de promover reformas sociales desde la universidad, la pastoral y el debate público, llegó a la conclusión de que las vías institucionales estaban cerradas para las mayorías excluidas. La experiencia del Frente Nacional, con su sistema de alternancia bipartidista, reforzó en él la percepción de que no existían canales reales de participación para sectores populares.
A mediados de 1965, luego de abandonar el ministerio sacerdotal activo y enfrentar sanciones e incomprensiones dentro de la jerarquía eclesiástica, Torres decidió integrarse al recién creado Ejército de Liberación Nacional. Su ingreso tuvo más peso simbólico que militar. Era un intelectual reconocido que llegaba a una organización insurgente aún en formación, influida por la Revolución Cubana y por corrientes de pensamiento que veían en la lucha armada un instrumento legítimo frente a estructuras consideradas cerradas y excluyentes.
Sin embargo, su permanencia en la guerrilla fue breve. Apenas alcanzó a participar en labores de formación política y adaptación a la vida clandestina. El 15 de febrero de 1966, en la región de Patio Cemento, Santander, una operación del Ejército sorprendió a la columna insurgente en la que se encontraba. Torres murió en ese primer enfrentamiento armado. Diversos relatos coinciden en que su experiencia militar era mínima, lo que subraya el carácter más ideológico que estratégico de su incorporación.
La rapidez de su muerte contribuyó decisivamente a la construcción de su figura histórica. No hubo tiempo para una trayectoria prolongada dentro del ELN ni para que su pensamiento evolucionara en la práctica insurgente. Esa interrupción temprana convirtió su paso por la guerrilla en un episodio cargado de simbolismo, interpretado por unos como sacrificio coherente con sus ideas y por otros como una decisión trágica que selló el destino de un intelectual que había buscado transformar la sociedad por múltiples caminos antes de empuñar las armas.
| Fallece el 15 de febrero de 1966 en Patio Cemento (Hoy. San Vicente del Chucurí) en Santander, luego de un combate con el Ejército, llevando poco tiempo dentro de las filas del ELN. |
La desaparición del cuerpo: seis décadas de incertidumbre
Tras su caída en febrero de 1966, el cadáver fue retirado por tropas del Ejército y sometido a procedimientos que dificultaron su localización posterior. Durante años no existió información pública clara sobre su destino, lo que convirtió el caso en uno de los desaparecidos más emblemáticos del conflicto armado. La falta de registros precisos y el manejo reservado del entierro contribuyeron a una incertidumbre que atravesó generaciones.
Familiares, investigadores y organizaciones de derechos humanos emprendieron durante décadas una búsqueda fragmentaria, basada en testimonios indirectos y archivos militares incompletos. Cada pista parecía conducir a un nuevo silencio. La desaparición física reforzó el carácter legendario del personaje, mientras el país avanzaba por ciclos de violencia que multiplicaban casos similares, aunque ninguno con la carga simbólica de Torres.
La apertura de mecanismos humanitarios de búsqueda tras el acuerdo de paz permitió retomar el caso con herramientas científicas que antes no existían. La revisión de cementerios, archivos y registros administrativos reveló inconsistencias que llevaron a localizar restos sin identificar en Bucaramanga. Ese hallazgo inició un proceso técnico complejo que debía confirmar si, efectivamente, correspondían al sacerdote desaparecido.
La investigación forense incluyó análisis genéticos comparativos, estudios antropológicos y contrastación documental. El paso del tiempo había deteriorado las muestras, lo que obligó a recurrir a métodos avanzados de verificación. La identificación final no fue un acto inmediato, sino una acumulación de evidencias que, juntas, permitieron establecer una coincidencia científica razonable tras décadas de incertidumbre.
| En 2019 se encuentran sus posibles restos, siendo analizados, logrando finalmente el 15 de febrero de 2026 entregarse para tener unas honras funebres que no tuvo cuando murió hace 60 años. |
Identificación, ciencia forense y disputas institucionales
El anuncio de la identificación abrió una nueva etapa marcada por la cautela técnica. Las autoridades insistieron en la necesidad de garantizar la máxima rigurosidad antes de cualquier declaración definitiva. La verificación de restos asociados a hechos del conflicto exige estándares internacionales que permitan evitar errores, especialmente cuando se trata de un personaje cuya carga histórica es tan significativa para distintos sectores sociales.
Las instituciones involucradas debieron coordinar procedimientos entre laboratorios, archivos estatales y organismos humanitarios. La complejidad del caso generó demoras que algunos interpretaron como obstáculos burocráticos y otros como garantías necesarias. Este cruce de tiempos —el de la memoria que exige respuestas rápidas y el de la ciencia que avanza lentamente— evidenció las tensiones propias de los procesos de justicia transicional.
A la discusión técnica se sumaron debates sobre el destino final de los restos. Sectores académicos propusieron que reposaran en la Universidad Nacional, reconociendo su papel como profesor y fundador de la Facultad de Sociología. Otros insistieron en un manejo estrictamente familiar o religioso. La decisión no era sólo logística, sino profundamente simbólica: definía desde qué lugar se recordaría a Torres en el futuro.
Estas diferencias transformaron la entrega en un proceso más largo de lo previsto. La identificación había cerrado una búsqueda, pero abría preguntas sobre memoria, representación y legitimidad histórica. El cuerpo encontrado obligaba a decidir cómo narrar la vida que representó, una tarea que excede la medicina legal y se adentra en el terreno de la historia y la política.
| La tumba de Camilo Torres Restrepo quedará en la Capilla de la Universidad Nacional de Colombia, edificio religioso donde el fue capellán. |
Sesenta años después: memoria, conflicto y reinterpretación histórica
El aniversario sesenta coincidió con un momento en el que Colombia continúa revisando su pasado armado a través de exhumaciones, informes de verdad y reconstrucciones documentales. El caso de Camilo Torres se integró a ese proceso más amplio de esclarecimiento, recordando que la guerra no sólo dejó víctimas anónimas, sino también figuras que encarnaron dilemas éticos y políticos aún vigentes.
Para algunos sectores, la recuperación de sus restos representa un acto de reparación histórica que permite cerrar un ciclo de desaparición. Para otros, revive debates sobre la legitimidad de la lucha armada y el papel de los intelectuales en contextos de violencia. La persistencia de esas discusiones demuestra que la memoria del conflicto no es un relato único, sino un campo en permanente disputa.
La historia de Torres ilustra cómo los personajes pueden transformarse con el tiempo. El sacerdote insurgente de los años sesenta es hoy también objeto de estudio académico, referencia cultural y símbolo de debates sobre justicia social. Su figura ha atravesado generaciones, adaptándose a nuevas lecturas que combinan análisis histórico, reflexión ética y revisión crítica de las violencias del pasado.
Sesenta años después de su muerte, la aparición de su cuerpo no clausura la historia. Más bien la reabre desde otra perspectiva: la de un país que intenta comprenderse a sí mismo a través de la recuperación de sus desaparecidos. En ese proceso, Camilo Torres deja de ser sólo un personaje del pasado para convertirse en una pregunta viva sobre memoria, reconciliación y responsabilidad histórica.

