La Secretaría Distrital de la Mujer puso sobre la mesa ocho lecturas que, desde la ficción y la no ficción, ayudan a entender cómo opera la violencia contra las mujeres en lo íntimo y en lo social. “Temporada de huracanes”, de Fernanda Melchor, abre la lista con una prosa áspera y coral que muestra un entorno donde el machismo, la pobreza y el rumor comunitario se convierten en mecanismos de condena. La novela expone cómo la violencia se “normaliza” en la vida diaria y cómo el prejuicio puede ser tan destructivo como la agresión directa. Su fuerza está en revelar el clima cultural que permite el daño. Es un espejo duro: no busca consolar, sino sacudir.
En “El invencible verano de Liliana”, Cristina Rivera Garza construye un libro que es memoria, investigación y duelo, y que pone nombre a lo que tantas veces se quiere borrar. A partir del archivo, las cartas y la reconstrucción de una vida, la autora muestra cómo el feminicidio no es un “hecho aislado”, sino el resultado de violencias previas, omisiones y silencios. La obra también denuncia el peso de la impunidad y el desgaste emocional de las familias que buscan verdad. Su potencia ética está en devolverle centralidad a la víctima: Liliana aparece como persona completa, no como cifra. Es una lectura que transforma la indignación en conciencia.
“En diciembre llegaban las brisas”, de Marvel Moreno, analiza la violencia desde el control social y la vida doméstica, con una mirada crítica sobre el poder masculino en ciertos círculos de prestigio. La novela retrata cómo el mandato de “aparentar” puede encubrir abusos, manipulación y sometimiento, y cómo la presión cultural atrapa a muchas mujeres en roles impuestos. Moreno disecciona los pactos de silencio y la complicidad del entorno: familias, amistades, instituciones que prefieren no ver. No es solo una historia de individuos, sino de estructuras. Leerla hoy permite identificar formas de violencia que se disfrazan de tradición.
Con “Cometierra”, Dolores Reyes introduce una voz joven en un territorio atravesado por desapariciones y miedo, donde la violencia contra las mujeres deja huellas en toda la comunidad. La novela se mueve entre lo real y lo simbólico para hablar de la urgencia de encontrar a quienes faltan y del dolor que se acumula en los barrios. Su acierto está en poner el foco en las madres, hermanas y amigas que sostienen la búsqueda cuando todo falla. También cuestiona la indiferencia social ante el horror cotidiano. Es una lectura breve pero contundente, que no suelta al lector.
“El cuento de la criada”, de Margaret Atwood, funciona como advertencia: muestra un sistema donde el cuerpo de las mujeres es administrado por el poder. Aunque es una distopía, el libro dialoga con prácticas reales: control reproductivo, censura, castigo moral y vigilancia. Atwood convierte la violencia institucional en relato íntimo, para que se entienda cómo una norma puede destruir una vida. Su vigencia está en la pregunta de fondo: ¿qué ocurre cuando los derechos se vuelven “concesiones” que pueden retirarse? Es una obra clave para hablar de libertades, autonomía y resistencias.
En “Los divinos”, Laura Restrepo incomoda al lector al narrar desde el entorno masculino que protege, justifica o minimiza la violencia. La novela explora el privilegio, la cultura de la impunidad y los lenguajes que deshumanizan a las mujeres, incluso cuando quienes hablan se creen “buenos tipos”. Más que contar un caso, expone un ecosistema: amistades, bromas, códigos, lealtades que terminan blindando al agresor. Restrepo obliga a mirar el papel del grupo, no solo del individuo. Es una lectura necesaria para entender cómo se fabrica la permisividad.
“Mil soles espléndidos”, de Khaled Hosseini, pone el foco en la violencia de pareja y en cómo se intersecta con guerra, pobreza y control social. A través de vínculos femeninos que se vuelven refugio, la novela muestra rutas de supervivencia y también el costo emocional del sometimiento. Su valor está en humanizar a las protagonistas y mostrar que la violencia no empieza con un golpe: suele iniciar con aislamiento, humillación y dependencia. Es una historia de dolor, sí, pero también de dignidad y solidaridad. Y ayuda a pensar la violencia como un problema de poder, no de “carácter”.
Cierra la lista “Algún amor que no mate”, de Dulce Chacón, una obra que retrata con claridad la trampa de la violencia emocional y psicológica dentro de relaciones que, desde afuera, pueden parecer normales. La autora expone el ciclo del abuso: la culpa, la promesa de cambio, el miedo, la autoestima erosionada y el silencio que se vuelve rutina. Su lectura es útil porque permite identificar señales tempranas y comprender por qué no siempre es fácil “salir” de una relación violenta. En conjunto, estas ocho recomendaciones proponen algo más que literatura: una conversación pública sobre prevención, empatía y acción. Leerlas es también aprender a nombrar lo que durante años se quiso callar.
