La mañana del Festival de Música de Cartagena comenzó en un ambiente de recogimiento y profundidad artística en la capilla del Hotel Charleston Santa Teresa, donde la música se vivió como una experiencia íntima. Allí, el violín y el piano trazaron un viaje hacia el alma rusa, revelando la intensidad emocional y la humanidad que atraviesan la obra de los grandes compositores del este europeo.
El gran protagonista de la jornada fue Maxim Vengerov, acompañado por la pianista Evgenia Startseva, quienes ofrecieron un recital que dialogó entre la introspección de Dmitri Shostakovich y el lirismo luminoso de Piotr Ilich Tchaikovsky. La interpretación de estas obras permitió al público adentrarse en un universo emocional cargado de contrastes y profundidad expresiva.
Más temprano, la conferencia-concierto La huella del Romanticismo, a cargo del musicólogo Giovanni Bietti, abrió un espacio de reflexión sobre la identidad musical en el tránsito hacia el siglo XX. El encuentro abordó cómo los cambios geopolíticos influyeron en las estéticas sonoras y en la búsqueda de una voz propia por parte de los compositores.
En la tarde, el diálogo musical se amplió hacia nuevos horizontes con un programa que conectó la espiritualidad del norte europeo con la fuerza expresiva del oeste. Las interpretaciones de obras de Johann Sebastian Bach y Ludwig van Beethoven, junto con piezas de Manuel de Falla y Astor Piazzolla, ofrecieron un recorrido que transitó de lo místico a lo apasionado.
El cierre de la jornada se vivió en el Teatro Adolfo Mejía con un concierto sinfónico dedicado a las raíces populares de la música nacional europea. La Orquesta de Cámara Franz Liszt, junto a destacados solistas, llevó al público por Polonia, Noruega y Finlandia, explorando la identidad sonora de cada territorio a través del Romanticismo.
El programa incluyó obras emblemáticas como el Concierto para piano n.º 2 de Frédéric Chopin, la Suite Holberg de Edvard Grieg y el evocador Vals triste de Jean Sibelius, piezas que resaltaron el vínculo entre música, identidad y tradición popular.
La jornada también estuvo precedida por los conciertos del 8 de enero, donde el piano de Gabriele Strata condujo al público por la intensidad emocional del Romanticismo con obras de Franz Schubert y Chopin, destacándose por su virtuosismo y profundidad interpretativa.
El día concluyó con la interpretación de la enigmática Sinfonía n.º 8 de Schubert, una obra inacabada que, en manos de la Orquesta de Cámara Franz Liszt, desplegó una atmósfera íntima y circular. Así, el Festival de Música de Cartagena reafirmó su capacidad de conectar al público con lo más profundo de la experiencia humana a través del poder universal de la música.

