El peor policía del mundo, publicado por Editorial Planeta, es un libro que incomoda desde el título y cumple esa promesa en cada página. No se trata de una denuncia externa ni de un ajuste de cuentas con nombres propios, sino de una memoria escrita desde adentro por alguien que decidió contar su verdad sin heroicidades ni absoluciones. Andrés Acosta Romero narra su paso por la Policía Nacional de Colombia con una honestidad brutal que pone en tensión la idea del orden, la autoridad y la responsabilidad individual dentro de una institución atravesada por presiones estructurales.
El libro parte de una convicción clara: en una sociedad que no produce ciudadanos ejemplares, tampoco puede exigir policías intachables. Desde ahí, el autor se propone retratar el día a día del agente raso, lejos del discurso oficial y más cerca de la rutina, el cansancio, el miedo y la obediencia forzada. La voz narrativa no busca justificar, pero tampoco simplificar; expone contradicciones y zonas grises que obligan al lector a abandonar lecturas cómodas sobre el bien y el mal.
Uno de los ejes más contundentes del libro es la lógica de la “operatividad”, convertida en una carrera estadística que poco tiene que ver con la reducción real del delito. Acosta describe cómo las cifras se transforman en el verdadero objetivo del trabajo policial: más capturas, más incautaciones, más comparendos, sin importar el impacto social ni la legalidad de los procedimientos. El sistema, según el relato, premia la cantidad y castiga la reflexión, creando un entorno donde el abuso se vuelve funcional.
A partir de esa presión constante, el autor reconstruye prácticas que erosionan el Estado de derecho: capturas arbitrarias, incautaciones ficticias, montajes, retenciones ilegales y procedimientos sin orden judicial. El relato no evade su propia responsabilidad; por el contrario, la asume con crudeza, reconociendo cómo la frontera entre perseguir delincuentes y violentar derechos se fue desdibujando hasta desaparecer. Esa franqueza es uno de los mayores valores del libro.
El texto también expone la cadena de complicidades que sostiene estas dinámicas. Fiscales que “legalizan” capturas, superiores que miran para otro lado y un sistema disciplinario que castiga al que no cumple la cuota, no al que se excede. En ese escenario, la arbitrariedad deja de ser una excepción y se convierte en norma. El peor policía del mundo muestra cómo la violencia institucional no surge solo de decisiones individuales, sino de incentivos perversos y silencios compartidos.
Más allá del testimonio, el libro plantea una reflexión profunda sobre la ética personal. Acosta escribe desde la culpa, la confusión y el desencanto, pero también desde la necesidad de sanar. Para él, narrar es un acto de búsqueda de paz interior, una forma de romper con el encubrimiento y con la idea de que callar es una forma de lealtad. La escritura aparece como el único espacio posible para decir lo que no pudo decirse dentro de la institución.
En ese sentido, la obra dialoga con el país que la rodea. Colombia aparece como un territorio donde la violencia y la corrupción no son anomalías, sino condiciones estructurales que atraviesan tanto a civiles como a uniformados. El libro no ofrece soluciones ni moralejas fáciles; propone, más bien, una pregunta incómoda: ¿qué tipo de instituciones produce una sociedad que normaliza el atajo, la trampa y la cifra por encima de la vida?
Andrés Acosta Romero (Villavicencio, 1980). Ingresó a la Policía Nacional en 2003 y se retiró como subintendente en 2016. Mientras ejercía como patrullero estudió Derecho en la Universidad Militar Nueva Granada y comenzó a escribir en revistas policiales. Ha participado en talleres literarios de Idartes y la Red Relata, fue finalista del concurso Bogotá en 100 palabras y ganó en 2023 el Premio de Cuento Julio Daniel Chaparro. En 2022 publicó Sala de espera. Con El peor policía del mundo, Acosta consolida una voz literaria que apuesta por la verdad como forma de memoria y resistencia.
