En un ecosistema donde la tecnología parece justificarlo todo —desde capturar datos sin consentimiento hasta automatizar decisiones sensibles— surge una pregunta inevitable: ¿hasta dónde es ético llegar? La advertencia no es menor. La confianza en la inteligencia artificial ha caído del 61 % al 53 % en cinco años, mientras que el 48 % de las personas sube datos sensibles a herramientas de IA sin control alguno, según KPMG. En este escenario, los valores se convierten en el último ancla del liderazgo.
La Martha Alles, una de las voces más influyentes en liderazgo y comportamiento organizacional en BIU University Miami, es contundente: la mayor amenaza del mundo digital no es la tecnología, sino la creencia de que “si se puede hacer, entonces está bien hacerlo”. Su investigación ¿Todo vale? Valores y límites en el ecosistema digital advierte que la virtualidad y la IA han desdibujado fronteras esenciales entre lo posible y lo correcto.
1. No todo lo técnicamente posible es éticamente aceptable
La tecnología acelera procesos y reduce costos, pero cuando la eficiencia reemplaza a la ética, lo que se pierde no es tiempo: es humanidad. El límite para un líder digital no está en la capacidad técnica, sino en las preguntas incómodas: ¿a quién afecta?, ¿quién queda excluido?, ¿estoy priorizando la rapidez sobre la justicia? La verdadera innovación también sabe detenerse.
2. Los datos no reemplazan la conciencia
Los datos miden y predicen, pero no evalúan consecuencias morales. Ningún indicador justifica vulnerar la privacidad ni delegar por completo la responsabilidad en un algoritmo. El liderazgo ético exige criterio humano incluso bajo presión. La tecnología puede acelerar decisiones; los valores evitan que esas decisiones dañen a las personas.
3. La distancia no elimina la responsabilidad ética
El trabajo híbrido transformó la noción de presencia, pero no la del deber moral. La confianza no se construye con vigilancia, sino con coherencia. Liderar sin presencia física no significa liderar sin ética: la empatía también se ejerce a través de una pantalla, y la justicia no depende de que alguien esté mirando.
4. Mostrarlo todo no es sinónimo de autenticidad
La sobreexposición digital se ha normalizado, pero lo privado no es ocultamiento: es cuidado. Exponerlo todo puede diluir la autoridad, aumentar la presión emocional e invadir espacios íntimos. El límite no es tecnológico, es ético. Saber qué preservar también es una forma de liderazgo.
5. La tecnología no libera por sí sola
La IA puede empoderar o vigilar, incluir o excluir, ampliar la autonomía o convertirla en una ilusión. Un líder digital responsable se pregunta siempre si una herramienta expande o restringe la libertad de las personas. Como recuerda Alles, la libertad no es un producto tecnológico: es un ejercicio ético.
Los datos confirman la alerta. El Edelman Trust Barometer 2024 muestra una brecha de 26 puntos entre la confianza en la industria tecnológica (76 %) y la confianza en la inteligencia artificial (50 %). A esto se suma que el 66 % de los usuarios no verifica la precisión de los resultados de IA, normalizando riesgos cotidianos que erosionan la confianza.
La conclusión es clara: la tecnología transforma los contextos, pero son los valores los que determinan la dirección del cambio. En palabras de Martha Alles, “en un mundo donde todo parece posible, la verdadera valentía consiste en elegir lo correcto”. Porque en el liderazgo digital, hoy más que nunca, no todo vale.
