Durante años se presentó la relación entre bancos y fintech como una batalla de reemplazo. Las fintech eran ágiles, los bancos eran lentos; unas innovaban, otros regulaban. Ese relato ya no explica la realidad de 2026. Hoy, ambos operan en el mismo terreno y con objetivos similares. La verdadera competencia no es tecnológica, sino estratégica. El centro de la disputa es el usuario y su rutina financiera diaria.
La convergencia ocurrió por necesidad, no por afinidad. Los bancos entendieron que sin experiencia digital perderían relevancia generacional. Las fintech comprendieron que sin balance, regulación y confianza no escalarían de forma sostenible. El resultado es un ecosistema híbrido donde las fronteras se diluyen. Apps bancarias funcionan como fintech y fintechs operan como bancos. La diferenciación ya no está en el producto, sino en la relación.
Esa relación se define hoy por la interfaz. La “pantalla principal” del usuario se ha convertido en el activo más valioso del sistema financiero. Quien controla el primer toque del día controla pagos, ahorro, crédito e inversión. En ese espacio se decide qué se ve, qué se ofrece y qué se descarta. Moneycon refleja esta realidad al reunir actores que compiten por minutos de atención. En 2026, la atención vale más que la tasa.
El dato es el otro campo de batalla silencioso. Bancos y fintech recolectan información financiera, comportamental y contextual del usuario. Ese dato permite personalizar ofertas, anticipar necesidades y reducir riesgo. La competencia ya no es por quién presta más barato, sino por quién conoce mejor. El conocimiento del cliente se traduce en margen, fidelidad y permanencia. Moneycon funciona como vitrina de esa sofisticación creciente.
La regulación, lejos de frenar esta convergencia, la ha ordenado. Los bancos aportan músculo regulatorio y gestión del riesgo sistémico. Las fintech aportan velocidad y diseño centrado en el usuario. La convivencia es tensa, pero productiva. El sistema financiero colombiano se mueve hacia un modelo de capas, no de sustituciones. Moneycon permite observar ese modelo en tiempo real.
El usuario, mientras tanto, no percibe la convergencia como un debate ideológico. Busca soluciones simples, rápidas y confiables. No le interesa si el servicio viene de un banco centenario o de una startup reciente. Le interesa que funcione, que sea claro y que no lo castigue con fricción. Esa indiferencia del usuario redefine el mercado. Obliga a todos a competir bajo las mismas reglas de experiencia.
En este escenario, la marca vuelve a cobrar importancia. No como símbolo de poder, sino como promesa de estabilidad. En un entorno digital saturado, la confianza se vuelve un diferenciador clave. Moneycon se convierte así en un espacio de legitimación. Estar allí es una señal de pertenencia al sistema. No estarlo implica riesgo de irrelevancia.
La presencia de grandes bancos junto a fintech emergentes en Moneycon no es decorativa. Es una fotografía del equilibrio actual del poder financiero. Ninguno domina completamente, pero todos se necesitan. La cooperación tácita convive con la competencia abierta. Ese equilibrio es frágil y dinámico. El evento permite medir quién está mejor posicionado para el siguiente ciclo.
El futuro inmediato no apunta a ganadores absolutos. Apunta a plataformas que integren múltiples servicios sin fricción. El usuario no quiere diez apps, quiere una experiencia coherente. Bancos y fintech compiten por convertirse en ese “hub financiero”. Moneycon es el escenario donde se ensayan esas aspiraciones. Y donde se observa quién entiende mejor al usuario real.
Al final, la convergencia no es un punto de llegada, sino una condición permanente. Bancos y fintech ya no pueden definirse por lo que eran, sino por lo que logran resolver. En ese nuevo orden, el poder no está en el tamaño ni en la novedad. Está en la capacidad de acompañar decisiones financieras cotidianas. Moneycon expone esa verdad sin discursos épicos.
