Tres constituyentes, tres destinos, y tres fechas que conmueven la historia de Colombia


Colombia vive estos primeros días de noviembre una coincidencia histórica que merece una reflexión profunda. El 31 de octubre se recordó el sexto aniversario de la muerte de Horacio Serpa Uribe (con quién tuve el honor de trabajar a su lado en tres campañas presidenciales y ser su cooartidario); ayer 1 de noviembre falleció Antonio Navarro Wolff y hoy 2 de noviembre se conmemora el magnicidio de Álvaro Gómez Hurtado, ocurrido en 1995. Tres fechas consecutivas, tres destinos diferentes y tres protagonistas de una misma página fundamental de nuestra historia: la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, una coincidencia que invita a mirar el pasado y preguntarnos por el presente de nuestra democracia.

Horacio Serpa Uribe representó la tradición del liberalismo colombiano, la experiencia parlamentaria y la habilidad para construir acuerdos desde las instituciones. Abogado santandereano, dirigente político de reconocida trayectoria y protagonista de numerosas controversias nacionales, entendía la política como un escenario de negociación, confrontación argumentativa y construcción de consensos. Su participación en la Constituyente estuvo marcada por esa capacidad de interlocución, Serpa conocía las complejidades del Estado y comprendía que una transformación constitucional de semejante magnitud necesitaba inteligencia política, generosidad y disposición para escuchar incluso a quienes pensaban radicalmente diferente.

Antonio Navarro Wolff, por su parte, representaba una historia completamente distinta. Ingeniero de formación y antiguo dirigente del M-19, llegó a la Asamblea después de una trayectoria atravesada por la confrontación armada, el atentado que le costó una pierna y el proceso de negociación que permitió la desmovilización de esa organización armada en 1990. Su incorporación a la vida democrática simbolizaba la posibilidad de transformar las armas en argumentos y la confrontación en participación política, Navarro encarnaba una nueva expresión de la izquierda colombiana, dispuesta a disputar el poder mediante las instituciones y las reglas democráticas.

Pero sería injusto contar esta historia dejando por fuera a Álvaro Gómez Hurtado. El dirigente conservador fue el tercer copresidente de aquella Asamblea y representaba una tradición política e ideológica profundamente diferente de las otras dos. Intelectual, periodista, parlamentario y varias veces candidato presidencial, Gómez llegó a la Constituyente con sus convicciones conservadoras, su visión crítica del Estado y su particular interpretación de la crisis nacional, su presencia resultó fundamental para demostrar que incluso sectores históricamente enfrentados podían compartir una mesa de dirección y asumir conjuntamente la responsabilidad de construir una nueva institucionalidad para Colombia.

Los tres no eran amigos políticos naturales, ni compartían idénticas concepciones sobre el País. Serpa provenía del liberalismo tradicional; Navarro había transitado de la insurgencia a la democracia, mientras Gómez representaba una de las figuras más reconocidas del conservatismo colombiano. Sin embargo, encontraron un espacio común en la Asamblea Nacional Constituyente. Esa presidencia tripartita fue mucho más que una fórmula administrativa: representó la voluntad de reconocer al contradictor, aceptar la pluralidad y entender que ninguna transformación nacional verdaderamente importante puede edificarse exclusivamente desde las mayorías circunstanciales o las imposiciones ideológicas.

La Constitución de 1991 fue el resultado de un esfuerzo colectivo que transformó profundamente el ordenamiento institucional colombiano, amplió el reconocimiento de los derechos fundamentales, estableció la acción de tutela, fortaleció la participación ciudadana y reconoció la diversidad étnica y cultural de la nación, no fue obra exclusiva de sus tres copresidentes, pero sus liderazgos simbolizaban la convergencia de distintas tradiciones políticas en un momento decisivo, aquella generación entendió que Colombia necesitaba abrir sus instituciones, superar exclusiones históricas y ofrecer nuevas herramientas para tramitar democráticamente sus profundas diferencias.

Y aquí aparece la coincidencia que hace particularmente conmovedores estos primeros días de noviembre. Horacio Serpa murió el 31 de octubre de 2020; Antonio Navarro Wolff falleció el 1 de noviembre de 2026, y Álvaro Gómez Hurtado fue asesinado el 2 de noviembre de 1995. No murieron en el mismo año ni en circunstancias semejantes: uno falleció después de una enfermedad, otro acaba de partir y el tercero fue víctima de un magnicidio que estremeció a Colombia, sin embargo, sus fechas de despedida quedaron enlazadas en tres días consecutivos del calendario, como una extraordinaria coincidencia de la memoria política nacional.

El asesinato de Álvaro Gómez Hurtado continúa ocupando un lugar especialmente doloroso en la historia republicana, su muerte violenta, ocurrida cuando salía de la Universidad Sergio Arboleda en Bogotá, representó otro golpe contra la democracia colombiana y contra la posibilidad de resolver las diferencias políticas sin recurrir a la eliminación del adversario, su magnicidio merece memoria, esclarecimiento y justicia, al recordar su partida junto a las de Serpa y Navarro, también debemos reconocer que los tres pertenecieron a una generación que, con sus diferencias, dejó una huella determinante en la construcción institucional del País.

El mejor homenaje a estos tres constituyentes no consiste en convertirlos en figuras intocables ni en desconocer las controversias de sus respectivas trayectorias. Consiste en recuperar la enseñanza de 1991: Colombia necesita dirigentes capaces de dialogar, reconocer las diferencias y anteponer el interés nacional a las disputas partidistas, Serpa, Navarro y Gómez representaron caminos distintos, pero coincidieron en una responsabilidad histórica compartida, hoy, cuando sus nombres vuelven a encontrarse en estas fechas consecutivas.

Queda una pregunta que interpela a nuestra dirigencia y a toda la sociedad: ¿estamos a la altura de aquella generación que, pese a sus profundas diferencias, fue capaz de construir una Constitución para todos los colombianos?, esa es la reflexión que debemos hacer hoy, que los actuales actores políticos dejen de dar show y en realidad construyan Patria y País, no más figuritas de TikTok e Influencers amarillistas, sí más argumentación, seriedad y respeto por la Nación.

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