La transición entre la sensatez de la Generación X y la estupidez de la Generación Z


Hay cosas que uno, siendo de la Generación X, simplemente no entiende. Y no, no es que estemos “fuera de contexto”, como seguramente diría algún integrante de la Generación Z después de leer esta columna, es que nos tocó crecer en un mundo donde había que aprender a pensar antes de hablar, a hablar antes de publicar y, sobre todo, a vivir sin convertir cada estupidez en contenido.

Para entender de qué estamos hablando, pongamos primero las fechas sobre la mesa. Las clasificaciones pueden variar ligeramente según la fuente, pero la división más utilizada ubica a la Generación X entre 1965 y 1980, a los Millennials o Generación Y entre 1981 y 1996, y a la Generación Z entre 1997 y 2012.

*Generación X: 1965–1980.*
*Generación Y o Millennials: 1981–1996.*
*Generación Z: 1997–2012.*

Porque entre nosotros la Generación X y la llamada Generación Z hubo una generación intermedia: los Millennials o Generación Y, esa generación es fundamental para entender cómo llegamos hasta aquí.
La Generación X creció sin internet, sin redes sociales, sin teléfonos inteligentes y sin Google para resolver absolutamente cualquier duda, si queríamos saber algo, preguntábamos, leíamos, investigábamos o sencillamente aceptábamos que no sabíamos. 

Y sobrevivimos.

Nos tocó un mundo en el que había que salir de la casa para encontrarse con los amigos, esperar para revelar las fotografías, buscar un número telefónico en una agenda y ver televisión cuando el programa estaba siendo transmitido, no existían las redes sociales para convertir cada pensamiento en una publicación ni los algoritmos para decidir qué debíamos mirar, aprendimos a convivir con la tecnología cuando apareció, no nacimos dependiendo de ella.

Después llegaron los Millennials, la generación puente. Alcanzaron a conocer el mundo analógico, pero también fueron protagonistas de la llegada de internet, los computadores personales, los celulares, Facebook, YouTube y las redes sociales. Vivieron la transición entre dos mundos.

Los Millennials tuvieron que adaptarse al cambio.

Y ahí está su importancia: fueron la generación que conectó dos mundos, el que había construido la Generación X y el que posteriormente recibiría la Generación Z.

La Generación Z, en cambio, nació prácticamente dentro del mundo digital.

Para ellos, internet no fue una revolución: fue el paisaje, no tuvieron que aprender a vivir con la tecnología, la tecnología estaba ahí antes que ellos.

Y ahí comenzó el experimento.

Una generación que recibió acceso inmediato a prácticamente todo el conocimiento de la humanidad terminó desarrollando una cultura en la que, muchas veces, importa más parecer que saber, reaccionar que pensar y publicar que vivir, antes una persona podía decir una estupidez y, con suerte, la escuchaban cinco amigos, hoy puede decir exactamente la misma estupidez frente a una cámara, subirla a TikTok y conseguir cien mil reproducciones, y si algo se vuelve viral, automáticamente parece adquirir una especie de certificado de legitimidad.

Pero hay algo todavía más curioso: el idioma.

La Generación X aprendió español. La Generación Z aprendió español, inglés, memes, TikTok y una especie de dialecto digital que cambia cada tres meses.

Ahora todo es “cringe”, para decir que algo produce vergüenza ajena; “random”, para referirse a algo inesperado, extraño o fuera de contexto; “bro”, una manera de llamar a cualquiera como si todos fueran compañeros inseparables; “slay”, para celebrar que alguien hizo algo excepcional o se ve muy bien; “red flag”, para señalar una conducta considerada una señal de alarma; “green flag”, para decir exactamente lo contrario; “ghostear”, para desaparecer de la vida de alguien sin explicación; “shippear”, para imaginar o desear que dos personas formen pareja; “POV”, “punto de vista”, utilizado para presentar una situación imaginaria o una escena desde determinada perspectiva; “vibe”, para hablar de la sensación, energía o ambiente que transmite alguien o algo; “aura”, convertida en una especie de medida imaginaria del carisma o presencia de una persona; y “farmear aura”, hacer cosas deliberadamente para acumular esa supuesta aura y proyectar más carisma.

Pero la lista sigue.

Está “funar”, que consiste en exponer o señalar públicamente a alguien en redes buscando que la multitud lo condene; “simp”, utilizado para describir a alguien que demuestra una admiración o devoción excesiva por la persona que le gusta; “stalkear”, revisar obsesivamente las redes o la actividad de otra persona; “crush”, la persona que le gusta a alguien; “NPC”, utilizado para describir a alguien que parece actuar en automático o sin personalidad propia; “main character”, la persona que se comporta como si fuera el protagonista de su propia película; “delulu”, una deformación de delusional, utilizada para describir a alguien que vive una fantasía o expectativa poco realista; “sus”, abreviación de suspicious, para decir que alguien resulta sospechoso; “no cap”, para decir que se habla en serio o sin mentir; “GOAT”, sigla de Greatest of All Time, para señalar al supuesto mejor de todos los tiempos; “FOMO”, miedo a perderse algo; “aesthetic”, para referirse a una determinada estética o estilo visual; y “mood”, utilizado para decir que algo representa el estado de ánimo o la identificación de quien lo publica.

Uno escucha semejante conversación y a veces se pregunta si está hablando con una persona o leyendo el manual de instrucciones de una aplicación que todavía está en versión beta, y lo más cómico es que muchas veces existen palabras perfectamente normales en español para decir exactamente lo mismo, pero no, ahora algo puede ser “cringe” en lugar de vergonzoso; “random” en lugar de inesperado; “ghostear” en lugar de ignorar; “red flag” en lugar de señal de alarma; “slay” en lugar de hacerlo extraordinariamente bien; “stalkear” en lugar de investigar obsesivamente; y “funar” en lugar de denunciar o señalar públicamente.

Parece que el castellano dejó de ser suficiente y tuvimos que contratarle subtítulos al inglés.

Y no se trata de estar en contra de la evolución del lenguaje, todos los idiomas evolucionan, la propia Generación X utilizó expresiones que hoy parecen anticuadas y los Millennials crearon las suyas.

El problema es otro: cuando la jerga deja de ser una expresión cultural y comienza a sustituir la capacidad de expresarse, porque una cosa es utilizar una palabra nueva, otra muy diferente es no poder construir una frase sin meter tres términos de TikTok, dos anglicismos, un meme y un “bro” cada cuatro palabras.

Y aquí aparece uno de los fenómenos más curiosos de todos.

Y lo peor del caso es que el fenómeno no se quedó encerrado en la Generación Z, hay personas de la Generación X y de la Generación Y —los Millennials— que se han dejado contagiar por buena parte de estas modas e idioteces digitales, personas que crecieron hablando español ahora meten cringe, random, bro, red flag, ghostear, funar y toda la colección de términos de moda en cada conversación, como si renunciar al idioma propio fuera una condición para demostrar que siguen siendo jóvenes, y ahí sí el asunto se vuelve más preocupante: una cosa es que la Z haya nacido dentro de este fenómeno; otra es que quienes conocimos el mundo antes de internet terminemos imitando sus peores costumbres, porque si la X y la Y/Millennials terminan hablando y comportándose como la Z para sentirse actualizadas, entonces el problema ya no es solamente generacional.

Es contagio cultural.

Y así, poquito a poquito, el algoritmo empezó a educar. *O, siendo más honestos, empezó también a idiotizar.*, Ese es quizá el punto más preocupante.

La Generación X aprendió buena parte de sus códigos culturales en la familia, en la escuela, en los libros, en la calle, en la televisión, en la música y en las conversaciones cara a cara.

La Generación Z recibe buena parte de sus referentes de un algoritmo que decide qué debe mirar, qué debe escuchar, qué debe indignarle y hasta qué debe considerar atractivo.

Nunca hubo tanta información disponible, y nunca fue tan fácil no aprender nada, porque el problema no es tener un teléfono inteligente, el problema es tener un teléfono inteligente y utilizarlo para volver estúpido el pensamiento.

Y aquí los Millennials vuelven a aparecer.

Ellos fueron la generación de transición, conocieron el teléfono fijo y después el smartphone. Conocieron los álbumes de fotografías y después Instagram, conocieron el mundo sin redes sociales y luego participaron en la construcción del mundo de las redes. Los Millennials hicieron de puente entre la X y la Z. La X recibió el mundo analógico. Los Millennials recibieron el cambio.

La Z recibió el resultado, y el resultado es una generación que puede tener acceso en segundos a una biblioteca completa, pero que también puede pasar cinco horas viendo videos de personas haciendo absolutamente nada, una generación que puede comunicarse instantáneamente con alguien al otro lado del planeta, pero que en ocasiones tiene dificultades para mantener una conversación cara a cara, una generación que habla permanentemente de límites y responsabilidad afectiva, pero que también popularizó términos como “ghostear” para describir la práctica de desaparecer de la vida de alguien sin siquiera tener la decencia de explicar por qué.

La contradicción es fascinante.

Y aquí es donde la Generación X empieza a mirar todo esto con cierta perplejidad, nosotros también tuvimos nuestras estupideces. Claro que sí, la diferencia es que no teníamos internet para convertirlas en una identidad, podíamos hacer el ridículo y al día siguiente empezar de nuevo, hoy el ridículo queda grabado, archivado, compartido, comentado y eventualmente convertido en tendencia, hasta la vergüenza tiene ahora métrica, y quizás por eso esta discusión generacional no debería reducirse a decir que una generación es “mejor” que otra, pero tampoco hay que tragarse el cuento de que todo cambio es progreso, no todo lo nuevo es mejor, que una palabra venga de TikTok no la hace más inteligente, que una canción tenga millones de reproducciones no la convierte automáticamente en buena música, que una conducta sea tendencia no significa que sea admirable, y que una generación tenga más herramientas tecnológicas que las anteriores no significa necesariamente que tenga más criterio.

La Generación X aprendió a vivir sin internet. Los Millennials aprendieron a vivir con internet. La Generación Z aprendió a vivir dentro de internet.
Quizás esa sea la verdadera diferencia, nosotros podíamos apagar el mundo, ellos no pueden apagar el teléfono, y mientras nosotros seguimos preguntándonos por qué carajos alguien necesita “farmear aura”, ellos probablemente estén preparando la respuesta en TikTok.

Así que sí: entre la coherencia —con todos nuestros defectos— de la Generación X y la extravagancia de la Generación Z, estuvieron los Millennials, esa generación de transición que alcanzó a conocer ambos mundos.

La X conoció la vida antes del algoritmo. Los Millennials conocieron la transición. Y la Z terminó convirtiendo el algoritmo en una forma de vida.

Y quizá ahí esté el verdadero debate:

¿Estamos evolucionando como sociedad o simplemente aprendimos a hacer nuestras estupideces en alta definición?

Y entonces aparece la música.

Buena parte del reguetón contemporáneo parece haber decidido que el idioma también puede ser desechable, letras repetitivas, vocabulario reducido, vulgaridad convertida en argumento y, en algunos casos, una visión de la mujer reducida a cuerpo, objeto sexual o trofeo, no todo el reguetón es así, por supuesto, sería intelectualmente perezoso afirmar semejante cosa, pero negar que existe una tendencia hacia la degradación del lenguaje y la cosificación de la mujer en buena parte de las letras actuales sería cerrar los ojos, y lo preocupante es que esa música no solamente se escucha: se reproduce, se imita y se convierte en lenguaje cotidiano, lo que antes era una letra vulgar terminó convertido en frase de uso diario, lo que antes era una expresión absurda terminó convertido en tendencia, lo que antes era una moda de internet terminó entrando en el vocabulario.

Quizás ese sea precisamente uno de los grandes retos del Ministerio de Educación.

No solamente enseñar matemáticas, ciencias, historia o lenguaje, sino también recuperar la capacidad de nuestros niños y jóvenes para pensar, leer, argumentar y expresarse correctamente, erradicar de nuestra sociedad la dependencia de esa jerga Z que empobrece el lenguaje y proteger a nuestros niños de una cultura digital que, mal utilizada, puede terminar convirtiéndolos en una generación inútil para pensar por sí misma.

Y la política actual tampoco se escapa de este fenómeno.

Basta mirar buena parte del debate político contemporáneo para comprobar que la jerga digital, los memes, los videos de pocos segundos y las frases diseñadas para volverse virales terminaron convirtiéndose también en herramientas de comunicación política, ya no siempre se intenta explicar una idea: muchas veces se intenta convertirla en contenido. Una propuesta compleja termina reducida a una frase para TikTok; una discusión de Estado se transforma en un meme; un argumento político se reemplaza por una etiqueta y, si algo consigue suficientes reproducciones, pareciera adquirir automáticamente categoría de verdad, y seamos honestos: ahora queremos manejarlo todo al mismo tiempo con inteligencia artificial. La IA puede ser una herramienta extraordinaria, pero cuando se utiliza para reemplazar el pensamiento y no para potenciarlo, el resultado puede ser exactamente el contrario de lo que se supone que buscamos, porque si a una sociedad que ya consume información en cápsulas le entregamos además herramientas capaces de pensar, redactar, resumir, responder y producir contenido por ella, corremos el riesgo de profundizar todavía más esa idiotización colectiva, el problema no es la inteligencia artificial, el problema es una sociedad que puede terminar utilizándola para no tener que utilizar la inteligencia propia, y ahí la ecuación se vuelve preocupante: menos lectura, menos reflexión, menos capacidad para sostener una conversación compleja y más dependencia del algoritmo, de la pantalla y ahora también de la IA.

Pero el gran desafío no será únicamente educativo.

El Gobierno Nacional, en cabeza del Presidente Abelardo De La Espriella, tendrá también el reto de enfrentar una cultura de influencers que, en muchos casos, no le aporta nada bueno a nuestra sociedad y que, por unos cuantos likes, termina normalizando la estupidez como entretenimiento, como opinión e incluso como modelo de comportamiento, y ese ejemplo debe ser universal, no se trata de perseguir a nadie por lo que piensa o publica, sino de preguntarnos qué clase de referentes estamos convirtiendo en modelos para nuestros niños y jóvenes. 

Jerome, Vincenth Ramos, y Levi entre otros, representan precisamente ese fenómeno que merece ser discutido; y antes de ellos estuvo Wally, quien hoy ocupa una curul en el Senado, porque cuando conseguir unos cuantos likes se convierte en un objetivo superior a aportar algo a la sociedad, la estupidez deja de ser simplemente una característica individual y comienza a convertirse en un producto cultural, y ese sí sería uno de los grandes desafíos de cualquier gobierno que pretenda recuperar la educación, el criterio y la capacidad de pensar de una sociedad.

Al final, entre la jerga que empobrece el lenguaje, los algoritmos que deciden qué pensamos que debemos mirar y una inteligencia artificial que cada vez hace más cosas por nosotros.

Podemos terminar construyendo algo bastante paradójico: una sociedad con acceso a más inteligencia que nunca, pero cada vez menos dispuesta a utilizar la propia, *y ese sí sería el verdadero triunfo de la estupidez.

Columna de. Juan Pablo Castillo

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