La generación que convirtió la estupidez en tendencia


Primero fueron los therians, luego llegó eso de “farmear aura”, y ahora aparece el “pheromone maxxing”, porque al parecer a internet todavía le quedaban maneras de demostrarnos que la estupidez también puede convertirse en tendencia. No estoy hablando de que los jóvenes tengan gustos raros, todas las generaciones los hemos tenido, estoy hablando de algo distinto: una parte de la Generación Z convirtió la ocurrencia en identidad, la extravagancia en espectáculo y la estupidez en una forma de conseguir atención. Antes una bobada podía provocar una carcajada entre amigos, hoy puede convertirse en comunidad, contenido y hasta en una supuesta forma de vida.

Los therians, con máscaras, colas, movimientos y comportamientos inspirados en animales, llevaron una extravagancia personal al escenario público, después apareció el “aura farming”, basado en poses, gestos y actuaciones destinadas a proyectar una supuesta aura y recibir reconocimiento, ahora tenemos jóvenes convencidos de que deben modificar hasta su higiene para potenciar unas supuestas feromonas. Tres fenómenos distintos, pero con el mismo combustible: alguien hace una cosa llamativa, la cámara la registra, las redes la celebran y otros la imitan, el problema no es que exista el excéntrico de turno, el problema aparece cuando miles de personas empiezan a comportarse como él simplemente porque descubrieron que hacerlo genera atención.

El caso del “pheromone maxxing” resulta especialmente absurdo porque pretende darle apariencia científica a una idea que no tiene respaldo suficiente, la propuesta de reducir las duchas, limitar el uso de productos de higiene o dejar el desodorante bajo la creencia de que conservar el olor corporal aumenta el atractivo convierte una necesidad básica de convivencia en una supuesta estrategia de seducción. Y aquí aparece algo todavía más preocupante: basta meter palabras como “feromonas”, “hormonas” o “química” para que algunos dejen de preguntar si existe evidencia. Ya no importa si funciona, importa que suene científico, que alguien lo diga con seguridad y que el video tenga millones de reproducciones.

La Generación X tuvo modas absurdas, extravagancias y también hizo sus propias estupideces,os millennials tampoco fueron precisamente un monumento al sentido común, ninguna de esas generaciones era superior por naturaleza, la diferencia estaba en el alcance, una estupidez podía recorrer el colegio, el barrio, la universidad, la discoteca o el grupo de amigos y, tarde o temprano, desaparecer, no teníamos una máquina capaz de tomar una extravagancia de un muchacho en cualquier lugar del mundo, convertirla en contenido, medir cuánta gente reaccionó y fabricar una legión de imitadores. La tecnología no inventó la estupidez, lo que hizo fue darle una capacidad de reproducción que ninguna generación anterior había conocido.

Y ahí aparece el algoritmo, que no tiene sentido del ridículo ni obligación de distinguir entre una idea brillante y una completa pendejada, lo que importa es la atención, por eso una conducta absurda puede competir en igualdad de condiciones con una explicación seria. La misma lógica llegó a la política colombiana, en las elecciones presidenciales de 2022, TikTok se convirtió en escenario de campaña: Rodolfo Hernández ganó una enorme visibilidad allí y candidatos como Gustavo Petro y Federico Gutiérrez también adaptaron sus mensajes al lenguaje de videos cortos, humor, tendencias y contenido diseñado para circular, la política entendió que ya no bastaba con tener un discurso: también había que saber convertirlo en contenido.

El problema comienza cuando el contenido reemplaza al argumento, seguridad, economía, empleo, salud, impuestos o gasto público requieren datos, antecedentes, costos y resultados, pero todo eso compite en redes contra un video de quince segundos, un meme o una frase perfectamente diseñada para provocar aplausos, entonces ocurre algo peligroso: la repetición empieza a confundirse con verdad, si miles comparten una afirmación, algunos terminan creyendo que debe ser cierta, si miles atacan a alguien, parece que necesariamente hizo algo terrible, si miles aplauden una propuesta, parece que ya no hace falta preguntar cuánto cuesta ni cómo se va a ejecutar, el ciudadano termina informado sobre la conversación y desinformado sobre el problema.

Por eso tampoco compro la idea de que la Generación X o los millennials éramos intelectualmente superiores, tuvimos propaganda, fanatismos, políticos carismáticos, discursos simplistas y discusiones políticas de bar, la diferencia es que no llevábamos el debate político metido en el bolsillo desde que despertábamos hasta que nos acostábamos, la Generación Z tiene acceso a una cantidad de información que nosotros jamás tuvimos, pero esa ventaja puede convertirse en una trampa cuando información, conocimiento y criterio empiezan a confundirse, saber dónde encontrar cien respuestas no significa saber cuál de ellas es cierta.

Y por eso la higiene encaja perfectamente en esta historia. Bañarse, lavarse los dientes, usar desodorante y mantener limpio el cuerpo no son costumbres anticuadas ni imposiciones de una generación vieja, son reglas elementales de convivencia, uno puede hacer con su cuerpo lo que quiera, pero no puede olvidar que vive rodeado de otras personas, si alguien decide oler mal porque un influencer le aseguró que así libera sus feromonas y resulta más atractivo, no estamos ante una revolución cultural, estamos ante una ocurrencia estúpida que consiguió suficiente audiencia para disfrazarse de conocimiento, y exactamente lo mismo puede pasar con una idea política: abandonar el criterio propio porque una multitud digital ya decidió qué pensar.

La Generación Z no está condenada a la estupidez, y sería igual de estúpido afirmarlo. Hay jóvenes extraordinariamente preparados, críticos y capaces de cuestionar precisamente estas tendencias, el problema es la cultura que premia la exposición por encima del contenido y la imitación por encima del criterio, los therians, el “aura farming” y el “pheromone maxxing” probablemente pasarán de moda, lo verdaderamente importante es preguntarnos qué queda después de que desaparezca la tendencia: ¿una persona capaz de pensar por sí misma o alguien esperando la próxima ocurrencia que internet le diga que debe adoptar?, porque una sociedad que convierte cualquier bobada en identidad corre el riesgo de terminar haciendo lo mismo con sus ideas, sus decisiones y hasta con sus gobernantes.

La estupidez siempre ha existido, la diferencia es que ahora tiene cámara, audiencia, estadísticas y millones de oportunidades para reproducirse, y eso debería preocuparnos mucho más que cualquier therian con máscara o cualquier muchacho convencido de que bañarse menos lo hará irresistible. El verdadero problema no es que una generación haga el ridículo de vez en cuando; todas lo hemos hecho, el problema es que ahora existe una industria completa dedicada a decirle que el ridículo es contenido, que la repetición es verdad y que la atención equivale a valor, tal vez por eso las reglas más sencillas siguen siendo las más revolucionarias: pensar antes de repetir, comprobar antes de creer, argumentar antes de opinar y, por favor, bañarse antes de salir a conquistar el mundo.

Columna de. Juan Pablo Castillo

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