Pedro Juan creció escuchando las hazañas del atletismo mundial a través de un viejo radio de pilas en su pueblo boyacense, soñando con pisar el asfalto capitalino. Bautizado así como un homenaje póstumo a dos discípulos, los habitantes lo llamaban cariñosamente el apóstol debido a su profunda devoción por las cosas simples y su inquebrantable pasión por el deporte base.
Durante el amanecer del nuevo milenio, el joven de quince años juntó sus primeras monedas trabajando como ayudante de un viejo campero que transportaba labriegos por polvorientos caminos. Su única meta fija era reunir el dinero necesario para viajar rumbo a la metrópoli y cumplir el anhelo absoluto de participar en la gran fiesta atlética latinoamericana que tanto admiraba desde la distancia geográfica.
En agosto de 2002, sin inscripción previa y cargando una enorme ilusión, logró colarse audazmente en la Plaza de Bolívar junto a veinticuatro mil almas entusiastas. Ataviado con una camiseta humilde y unos tenis desgastados, recorrió el circuito urbano sintiendo el aliento del público, la majestuosidad de los cerros orientales y la magia indescriptible de convertirse en un auténtico corredor de fondo.
Con el transcurrir de las ediciones anuales, aprendió con rigurosidad los secretos técnicos del maratón, desde la correcta hidratación hasta la gestión del cronómetro. Su tenacidad le permitió coleccionar recuerdos imborrables, como aquel codiciado autógrafo del múltiple campeón Isaac Macharia plasmado sobre una servilleta de papel que guardaba celosamente como su mayor tesoro deportivo en la sala de su casa.
Años más tarde, una severa enfermedad ósea lo obligó a retirarse de las pistas competitivas, confinando su pasión a la compañía de las transmisiones radiales y televisivas. No obstante, su espíritu indomable lo llevó a presenciar la histórica edición reciente, disfrutando desde la tribuna del Parque Simón Bolívar el impresionante récord impuesto por el fondista extranjero en la exigente prueba capitalina.
La tragedia golpeó recientemente su vida cuando un infarto fulminante lo condujo de urgencia a un centro asistencial en la ciudad de Tunja. La noticia consternó a sus allegados y a la comunidad deportiva que conoció de cerca su entrega inagotable, sus sacrificios juveniles y el profundo amor que siempre profesó por la emblemática competencia pedestre de la capital colombiana.
Los médicos reportan un pronóstico reservado mientras familiares y amigos se mantienen unidos en fervientes oraciones por su pronta recuperación. Su historia de vida trasciende la simple práctica deportiva, simbolizando la resiliencia pura de miles de colombianos que encuentran en el atletismo una razón fundamental para luchar contra la adversidad y mantener encendida la llama de la esperanza cotidiana.
Pedro Juan sigue corriendo en el corazón de quienes entienden que cruzar la línea de meta representa mucho más que una medalla. La crónica de su existencia nos recuerda que los verdaderos campeones son aquellos que, como él, entregan el alma entera en cada zancada para conquistar un futuro mejor.
Sección
Deportes
