Murió Plinio Apuleyo Mendoza, el periodista que vio el siglo XX de frente

 

Colombia perdió este martes 28 de julio de 2026 a uno de sus escritores y periodistas más importantes del siglo XX y comienzos del XXI. Plinio Apuleyo Mendoza, nacido en Tunja, Boyacá, el 24 de marzo de 1931, falleció a los 95 años dejando una obra vasta, una vida de testigo privilegiado de la historia y una pluma que nunca perdió su filo. Su muerte fue confirmada por su esposa. Colombia despide a uno de esos hombres cuya existencia estuvo tan entretejida con los grandes momentos del país y del continente que resulta difícil separar su biografía de la historia misma.

La vida de Plinio Apuleyo comenzó marcada por la tragedia y la historia. Su padre, el abogado y político liberal Plinio Mendoza Neira, era amigo personal de Jorge Eliécer Gaitán y caminaba junto a él el 9 de abril de 1948 en el momento del magnicidio. El joven Plinio, de apenas 17 años, estaba en el Restaurante Monte Blanco con sus hermanas cuando escuchó los tres disparos que cambiarían para siempre la historia de Colombia. Desde la ventana vio a Gaitán tendido en el suelo. Esa escena fundacional marcó toda su visión del país, su escritura y su análisis político durante el resto de su larga vida.

Formado en ciencias políticas en la Universidad de París, en el Instituto Sciences Po, Apuleyo Mendoza construyó una vida entre Europa y América Latina que le dio una perspectiva que pocos intelectuales colombianos de su generación tuvieron. Vivió en París, Roma, Lisboa y Madrid en distintas épocas, desempeñó el cargo de primer secretario de la embajada de Colombia en Francia y más tarde fue embajador de su país en Italia y Portugal. Esa experiencia diplomática y cultural en el exterior le dio la distancia necesaria para observar a Colombia con ojos a la vez íntimos y críticos, una combinación que se reflejó en toda su obra.

Fue en París donde Plinio Apuleyo consolidó la amistad más célebre de su vida: la que lo unió con Gabriel García Márquez durante los años sesenta, cuando ambos eran jóvenes escritores latinoamericanos que descubrían Europa con más curiosidad que dinero. De esa amistad nació El olor de la guayaba (1982), el libro de conversaciones con García Márquez que se convirtió en uno de los documentos más reveladores sobre el mundo interior del Nobel colombiano, su proceso creativo, sus obsesiones y su manera de entender la literatura y la vida. El libro fue traducido a múltiples idiomas y sigue siendo una referencia indispensable para quienes quieren entender a Gabo desde adentro.

Su trayectoria periodística fue igualmente prolífica. En 1959 fue nombrado director de la agencia de noticias Prensa Latina en Colombia. Colaboró con más de veinte medios impresos y digitales a lo largo de su carrera, siendo El Tiempo su tribuna más reconocida durante décadas. Realizó el programa de televisión Personajes, con el que obtuvo junto a sus hermanas Elvira, Consuelo, Soledad e Inés el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, en un reconocimiento a una familia entera dedicada al oficio de informar. Sus hermanas, todas periodistas, fueron parte de ese universo familiar que siempre giró alrededor de la palabra escrita y hablada.

Una de las obras más influyentes y polémicas de su carrera llegó con el Manual del perfecto idiota latinoamericano (1996), escrito junto al cubano Carlos Alberto Montaner y el peruano Álvaro Vargas Llosa. El libro fue un misil intelectual contra el populismo latinoamericano, el estatismo y las ilusiones revolucionarias que, en su lectura, habían condenado a la región al subdesarrollo perpetuo. La obra generó un debate continental que todavía resuena, y que dividió a intelectuales, políticos y lectores entre quienes la celebraron como una lucidez necesaria y quienes la condenaron como una defensa del neoliberalismo disfrazada de ensayo crítico. Los autores volvieron sobre el tema con El regreso del idiota (2007) y Últimas noticias del nuevo idiota iberoamericano (2014).

Su ideología recorrió un camino que él mismo describió con franqueza en distintas entrevistas y en sus memorias. A finales de los años cincuenta fue un comunista convencido que recorrió la URSS en 1957 junto a García Márquez, aunque la desolación que encontró en Moscú comenzó a sembrar dudas sobre el proyecto soviético. Con los años migró hacia posiciones liberales y luego conservadoras, convirtiéndose en uno de los primeros y más fervorosos defensores del proyecto político de Álvaro Uribe Vélez, quien lo designó embajador en Portugal en octubre de 2002. Ese giro ideológico le valió críticas acerbas de sectores de la izquierda intelectual colombiana que nunca le perdonaron haber cambiado de bando.

Su obra literaria abarca novelas, cuentos y memorias. Entre sus títulos más recordados están El desertor (1974), La llama y el hielo (1984), Cinco días en la isla (1997), Entre dos aguas (2010) y Postales de una vida (2021), sus memorias fragmentarias publicadas por Random House, que repasaron con elegancia y lucidez los grandes momentos de una existencia que tocó casi todo lo importante que le ocurrió a Colombia y a América Latina en el siglo XX. Fue testigo del Bogotazo, amigo de García Márquez, corresponsal en Europa durante la Guerra Fría, crítico del castrismo, analista del auge del populismo latinoamericano y columnista hasta los últimos años de su vida.

Sus últimas obras las publicó con la casa española Grupo Editorial Sial Pigmalión, sello con el que mantuvo una relación editorial que le permitió seguir llegando al público hispanohablante a ambos lados del Atlántico en los últimos años de su vida. Esa alianza con una editorial ibérica fue coherente con la dimensión transatlántica que siempre tuvo su obra y su existencia: Plinio Apuleyo Mendoza fue siempre tan colombiano como europeo, tan boyacense como parisino, y su literatura encontró en España un hogar natural para sus últimas páginas.
Colombia pierde con Plinio Apuleyo Mendoza a uno de esos escritores cuya vida fue en sí misma una obra literaria: densa, contradictoria, apasionada y siempre escrita con una prosa limpia y directa que no cedía a los adornos innecesarios. Vivió 95 años con la intensidad de alguien que supo desde muy joven que la historia no espera y que hay que estar presente cuando ocurre. Desde la ventana del Monte Blanco en 1948 hasta sus últimas columnas, Plinio Apuleyo Mendoza nunca dejó de mirar a Colombia con los ojos abiertos.

Publicar un comentario

Artículo Anterior Artículo Siguiente