La Contraloría: la primera gran batalla por el poder entre el Gobierno y el Congreso.


Por estos días se habla de la elección del próximo Contralor General de la República como si se tratara únicamente de escoger al responsable de vigilar los recursos públicos. Nada más alejado de la realidad. La elección de la Contraloría es, en esencia, la primera gran disputa por el poder entre el gobierno entrante y el nuevo Congreso, es el escenario donde comenzarán a medirse las mayorías que definirán la agenda política durante los próximos cuatro años en Colombia.

Las campañas dejaron de concentrarse en las credenciales de los aspirantes. Hoy el debate gira alrededor de las alianzas que cada uno representa y del mensaje político que enviará el Congreso con su decisión.

La candidatura de José Eliécer Laverde se ha convertido en la apuesta del Gobierno Nacional en cabeza del ministro del Interior (designado) Rodrigo Lara. A su alrededor se ha consolidado un bloque integrado por congresistas de partidos afines y un importante sector del Partido Liberal. En esa estrategia ha cobrado especial protagonismo Simón Gaviria (hijo del Expresidente César Gaviria hoy jefe impugnado de la colectividad), quien se ha convertido en el principal articulador político de esa corriente dentro del liberalismo y a su vez uruspando funciones que no le competen, pese a que el “director único” del partido sigue siendo el expresidente su padre. Ese protagonismo no ha pasado inadvertido y ha generado tensiones internas en una colectividad acostumbrada a una estructura de mando claramente definida. No es un secreto que, en la práctica, Simón Gaviria ha asumido un papel determinante en la construcción de esa estrategia política. 
Esa circunstancia ha generado incomodidad y cuestionamientos dentro de la propia colectividad, donde varios dirigentes consideran que las decisiones del Partido se están concentrando en un liderazgo distinto al establecido formalmente en donde queda marcado un nepotismo descarado.

En el extremo opuesto se encuentra Andrés Castro Franco, cuya candidatura ha venido consolidando una alianza parlamentaria que reúne sectores políticos diversos y congresistas liberales que muy seguramente decidirán apartarse de la línea oficial trazada del partido y Simón Gaviria. Esa convergencia ha sido bautizada por algunos dirigentes como el PetroUribismo, una expresión que resume una realidad política cada vez más frecuente: en el Congreso, las diferencias ideológicas suelen ceder cuando aparecen intereses estratégicos comunes. Esta candidatura sería apoyada por el Presidente del Congreso de la República, Honorio Henríquez Pinedo.

En medio de esa confrontación emerge Ana Monsalvo, una candidatura que podría alterar todas las cuentas. Si ninguno de los dos bloques logra consolidar una mayoría suficiente, la tercera vía dejará de ser un simple testimonio para convertirse en el factor decisivo de la elección. En una corporación tan fragmentada como la actual, los votos de quienes no se alinean con ninguno de los extremos pueden terminar definiendo el resultado. Ella sería apoyada por el Presidente electo Abelardo De La Espriella, quien no le ha dado el espaldarazo final y pues así no tiene mayores expectativas para enfrentar y derrotar a Laverde o Castro. Esta candidatura podría romper la lógica de la polarización. Su aspiración representa una tercera vía que podría capitalizar los votos de quienes no están dispuestos a respaldar ninguno de los dos bloques enfrentados y convertirse en la gran sorpresa de la elección.

Sin embargo, el verdadero debate trasciende los nombres propios. Lo que está en juego es la correlación de fuerzas dentro del Congreso. La elección del Contralor será el primer termómetro para medir la capacidad del Gobierno de construir mayorías, el nivel de influencia que conserva el Partido Liberal y la fuerza de las nuevas alianzas que buscan disputarle el control político al bloque oficialista.

Cada voto enviará un mensaje. Si triunfa la candidatura respaldada por el Gobierno, el Ejecutivo comenzará el cuatrienio demostrando capacidad para ordenar las mayorías parlamentarias. Si la victoria corresponde al bloque que impulsa a Andrés Castro Franco, el mensaje será exactamente el contrario: que existe una coalición capaz de desafiar al Gobierno desde el inicio de la legislatura. Y si la elección termina favoreciendo a Ana Monsalvo, quedará demostrado que el Congreso no está dispuesto a someterse a la lógica de dos bloques enfrentados y que aún existe espacio para construir mayorías independientes.

La elección del Contralor será mucho más que la designación de un funcionario. Será la primera fotografía del mapa real del poder político en Colombia. Allí comenzará a definirse quién tiene la capacidad de construir gobernabilidad, quién conserva influencia sobre las bancadas y quién está en condiciones de liderar las grandes decisiones que marcarán el rumbo institucional del país durante los próximos años.

Quien crea que la elección del próximo Contralor General de la República se limita a una discusión sobre hojas de vida, desconoce la realidad política que hoy vive el Congreso. Lo que realmente está en juego es la primera gran demostración de fuerza del nuevo Legislativo y la capacidad de cada bloque para imponer su agenda.

El próximo 13 de agosto de 2026 se sabrá quién gana el pulso entre el AbelarGavirismo y el LiberPetroUribismo, pues a la final tanto Castro cómo Laverde son de origen liberal, el primero es apoyado por liberales cercanos a las bases y el segundo por Casa Gaviria que pretende seguir imponiendo su voluntad a las malas a pesar de que la elección de la actual Dirección Nacional Liberal y demás actuaciones de la última Convención Nacional Liberal está impugnada y cuenta con cuatro autos en favor del impúgnate en el Consejo Nacional Electoral.

Columna de Juan Pablo Castillo

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