El vendedor informal que transformó un quiosco del centro de Bogotá en un punto de encuentro y escuela callejera de ajedrez

 

En medio del bullicio constante de la muy concurrida carrera Séptima en el centro histórico de Bogotá, un quiosco comercial se ha convertido en el epicentro inesperado de la pasión por el ajedrez. Adolfo Páez, un comerciante informal de 62 años, atiende diariamente a los transeúntes ofreciendo cigarrillos, dulces y periódicos, mientras sostiene vivo un propósito que va mucho más allá de las ventas tradicionales: formar jugadores y compartir su profunda fascinación por el tablero.

Antes de que cualquier cliente se acerque a solicitar un artículo cotidiano, es habitual escuchar la misma interrogante en voz de los curiosos: ¿jugamos una partida? Alrededor de su quiosco improvisado, varios tableros permanecen ocupados permanentemente por personas de todas las edades que analizan jugadas en silencio, discuten tácticas y saludan con gran cariño a quien todos conocen cariñosamente en el sector como el profe, un apodo ganado a pulso tras largos años de dedicación.

La historia de este singular espacio comercial comenzó hace 18 años, cuando Adolfo recibió la adjudicación del módulo gracias a una alternativa comercial implementada por el Instituto para la Economía Social, conocido formalmente como el IPES. Aquella oportunidad institucional le permitió dejar atrás los años de duro trabajo ambulante en las calles y consolidar una fuente de sustento estable para sacar adelante a sus dos hijas, combinando el comercio diario con su gran pasión infantil.

El ajedrez se cruzó por primera vez en su camino cuando apenas tenía 7 años de edad, cautivándolo de inmediato hasta el punto de pasar horas observando cada movimiento. Aunque en su niñez muchas veces le negaban la participación por su corta edad, él regresaba incansablemente al día siguiente. “Me podía quedar horas mirando una partida. Muchas veces ni me dejaban jugar porque era muy niño, pero yo volvía al otro día”, recuerda con absoluta nostalgia.

Antes de conseguir la adjudicación formal del quiosco, Adolfo atravesó épocas difíciles dedicándose al rebusque callejero para llevar dinero a su hogar, vendiendo desde crema dental y cepillos hasta juguetes variados. Su vida también estuvo marcada por más de 20 años de práctica constante en la disciplina del judo. Sin embargo, el tablero siempre permaneció presente, esperando el momento oportuno para materializar un anhelo que acariciaba desde su infancia en medio de las dificultades económicas cotidianas.

Con el paso del tiempo, lo que inició de manera informal con un par de tableros sobre mesas plegables se convirtió en un concurrido refugio urbano para estudiantes, oficinistas y entusiastas del deporte mental. “Hay personas que llegan con problemas, se sientan a jugar y cuando terminan me dicen que ese rato les ayudó mucho”, comenta el vendedor, evidenciando el impacto social positivo que generan sus partidas al aire libre frente al agitado tráfico bogotano.

A pesar de no contar con un salón formal ni con un tablero mural institucional, el comerciante asegura con convicción que su gran meta sigue cumpliéndose cada día en la vía pública. “Yo quería tener una escuela de ajedrez y pues aquí la tengo en la calle, al lado de mi quiosco”, afirma con orgullo. Su constancia ha atraído incluso a figuras destacadas de la disciplina, consolidando un espacio comunitario donde el conocimiento y la convivencia superan las barreras comerciales.

Continuar estudiando aperturas complejas y compitiendo en torneos locales demuestra que la vocación pedagógica de Adolfo no conoce de límites geográficos ni económicos. Su inspiradora labor cotidiana en el centro de la capital ratifica que la educación popular y el deporte pueden florecer perfectamente en los rincones más inesperados del espacio público. La comunidad bogotana continúa reconociendo este valioso legado de resiliencia, camaradería y resistencia cultural urbana alrededor de las sesenta y cuatro casillas del ajedrez.

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