La guerra que estalló el 28 de febrero, cuando una ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel resultó en la muerte del líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jameneí, dejó miles de muertos en Medio Oriente, disparó los precios del petróleo y paralizó el comercio global. Cuatro meses después de ese punto de quiebre, Washington y Teherán firmaron un memorando de entendimiento que el mundo recibió entre aplausos cautelosos y dudas profundas sobre su durabilidad.
El acuerdo fue firmado electrónicamente el domingo 15 de junio, con Pakistán actuando como mediador clave en las negociaciones. La ceremonia oficial de ratificación quedó programada para el viernes 19 de junio en Ginebra, Suiza. Trump, Vance y el presidente del Parlamento de Irán estamparon sus firmas en el acuerdo preliminar de paz, en lo que representa el contacto diplomático más directo entre ambas potencias en décadas de hostilidad abierta y silenciosa.
El punto central del memorando es la reapertura del estrecho de Ormuz, vía marítima por donde transitaba el 20% del crudo y el gas natural del mundo antes del conflicto. El texto también establece la terminación inmediata y permanente de las operaciones militares en todos los frentes, incluida la ofensiva israelí en Líbano.  Trump celebró el acuerdo en Truth Social con una frase contundente: “¡Buques del mundo, arranquen sus motores! ¡Que fluya el petróleo!”
El acuerdo contempla además que Irán congelaría durante 20 años las actividades vinculadas a su programa nuclear militar, entregaría parte de su uranio enriquecido y permitiría nuevamente inspecciones internacionales. También incluye la liberación de activos iraníes bloqueados en el exterior y la flexibilización de sanciones económicas impulsadas por Estados Unidos y sus aliados europeos. Los detalles definitivos de esos puntos serán negociados durante los próximos 60 días.
En medio de la euforia diplomática surgió una versión que encendió otro frente: medios iraníes aseguraron que Washington acordó pagar 300 millones de dólares a Teherán como parte del entendimiento. Trump lo desmintió de inmediato, calificando esas informaciones como una campaña de noticias falsas. La versión surgió en medio de discusiones sobre alivio de sanciones y acceso de Irán a activos congelados en el extranjero, lo que alimentó la confusión sobre los términos reales del memorando.
Las cuestiones más sensibles quedaron fuera del acuerdo. El programa nuclear iraní continúa pendiente de negociación: no existe un compromiso detallado sobre niveles de enriquecimiento de uranio, ni un calendario definitivo para las inspecciones del Organismo Internacional de Energía Atómica. Tampoco se resolvieron los desacuerdos sobre misiles balísticos ni sobre el papel regional de Irán. En palabras de analistas citados por medios europeos, el memorándum congela la crisis, pero no elimina sus causas.
La gran incógnita que amenaza el acuerdo tiene nombre propio: Benjamin Netanyahu. El primer ministro israelí dejó claro que Israel mantendrá sus tropas en Gaza, Siria y Líbano el tiempo que resulte necesario y que seguirá frustrando amenazas en la región, reservándose el derecho de actuar militarmente con total libertad. Horas después del anuncio del acuerdo, Israel lanzó un ataque con un dron contra un vehículo en el sur del Líbano, donde mantiene operaciones contra Hezbollah.
El acuerdo avanza hacia su firma ceremonial en Ginebra en medio de desafíos logísticos y militares que subrayan su naturaleza frágil. Por primera vez en mucho tiempo, los intereses inmediatos de Estados Unidos e Israel no parecen alineados, una grieta que introduce un elemento novedoso en la geopolítica regional. Lo que Trump presenta como un triunfo histórico de su diplomacia es, en realidad, el inicio de una negociación más compleja: la guerra cesó en el papel, pero Medio Oriente sigue siendo un barril de pólvora con la mecha encendida.

