Qué momento tan conmovedor para la patria. Los resultados de la primera vuelta nos dejan un panorama verdaderamente refrescante. El señor Abelardo de la Espriella es el ganador y llega a la segunda vuelta con una ventaja muy estrecha.
Ante esta movilización masiva de votantes, donde todo el mundo apunta con el dedo al vecino, nos asalta la gran pregunta: ¿Quién ganó realmente?
La respuesta es muy clara. Gana, antes que nadie, el sistema electoral. Esa herramienta de medición que cambia se modifica y nos sorprende a todos. Un sistema difícil de adivinar o, más bien, difícil de descifrar.
Al final, este sistema es mucho más que una herramienta de la llamada democraciacolombiana es el lugar inicial de la participación política de la sociedad, y tal vez el único para la gran mayoría de la ciudadanía. Lo curioso es que este mecanismo no tiene modo de elegir o decidir por ideas o políticas directas. Aquí todo funciona por delegación y fe. Uno vota y se queda esperando que el ganador se digne a cumplir lo prometido, algo que, como ya sabemos, es muy poco común.
Gana también la narrativa internacional angloamericana, donde se imponen con fuerza las ideas de Murray Rothbard. Ahora resulta que el debate nacional se guía por teorías que piden reducir el Estado a su mínima expresión y defender la propiedad privada como algo sagrado, algo que nadie entiende pero que enamora.
Para alimentarla y sin necesidad de citarlos se venden ideas como las de Ludwig von Mises, con su rechazo absoluto a la intervención del gobierno en la economía, o Robert Nozick, que defendía que el Estado solo debe dedicarse a cuidar que no nos robemos entre nosotros. Es fascinante ver cómo estas ideas, pensadas en oficinas del primer mundo, se aplican con tanta facilidad a la realidad de nuestras regiones, donde para nadie es un secreto el nivel académico de la patria.
Por supuesto, gana la indignación de las personas que no se ven ni se sienten reflejadas en la política nacional. ¿Y cuál es la respuesta a esa frustración? Acudir al facilismo intelectual del populismo, tanto de izquierda como de derecha.
Porque aquí no se puede desconocer la realidad,la izquierda también incrementó su caudal político. Aunque a muchos no les guste, el populismo en Colombia es el rey. A la gente le encantan las soluciones simples y los discursos que alimentan el enojo, sin importar de qué lado vengan.
Al final, el panorama es perfecto. Nos queda la tranquilidad de saber que el espectáculo funcionó y todos cumplieron su papel.
¿Quién pierde entonces? Pierde la realidad de un país que insiste en creer que el próximo 21 de junio de 2026, en la segunda vuelta, cambiar un nombre en el tarjetón va a solucionar por arte de magia los problemas de fondo. Nos encanta el drama de las urnas y esa ilusión colectiva de que un domingo de junio se define el destino de la patria.
Pero la verdad es que no pasa nada. Pasará el 21 de junio de 2026, se apagará la euforiallegara el mundial, y en unos años volveremos a las mismas filas, volveremos a votar, volveremos a creer ciegamente y, por supuesto, volveremos a quejarnos exactamente de lo mismo. Mientras tanto, el país real, el de los problemas que ningún discurso soluciona, seguirá exactamente en el mismo lugar de siempre, esperando la siguiente elección.
Columna de. Andy Herrera Pinto
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