La langosta azul: el cortometraje que fundó un cine experimental colombiano

 

El cine experimental colombiano tiene una fecha de origen que pocos conocen: 1954. Ese año, un grupo de jóvenes artistas e intelectuales de Barranquilla rodaron un cortometraje surrealista que marcaría para siempre la historia audiovisual del país. La película se llamó La langosta azul y fue producida con recursos mínimos, cámara en mano y una dosis generosa de irreverencia creativa. Su existencia prueba que el arte transformador no necesita presupuestos millonarios, sino visión, talento y la valentía de romper los moldes establecidos.

El proyecto nació de una idea de Álvaro Cepeda Samudio, escritor y periodista barranquillero que llegó a Bogotá con apenas el título de la película en mente. A partir de ese impulso, se sumaron el pintor Enrique Grau Araújo, el librero catalán Luis Vicens y un joven Gabriel García Márquez, quien años después se convertiría en Premio Nobel de Literatura. Los cuatro firmaron el guion y la dirección de manera colectiva. La fotografía estuvo a cargo de Nereo López, y el rodaje se realizó en La Playa, un corregimiento de Barranquilla.

La trama sigue a un agente secreto estadounidense, conocido como “el gringo”, que llega a un pueblo del Caribe colombiano a investigar la aparición de unas langostas radioactivas. Sin embargo, un gato le roba la langosta azul en el hotel y lo lanza a una aventura absurda por las calles del pueblo. El relato es deliberadamente fragmentado, más cercano al poema visual que a la narrativa convencional. Los personajes que encuentra —la hembra, el vivo, el brujo, el niño— funcionan como arquetipos simbólicos del Caribe colombiano.


La película fue rodada en 16 milímetros, sobre película reversible y sin negativo, lo que la convirtió desde su origen en un material técnicamente frágil. Tiene una duración de 29 minutos, es silente y está filmada en blanco y negro. En 2017, la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano estableció un convenio con Los Angeles Film Forum para lograr la captura mediante escaneo, cuadro a cuadro, en resolución de 2K de los cortometrajes La langosta azul. Las copias positivas originales de 16 mm fueron enviadas al exterior para iniciar ese proceso de preservación digital.

Restaurada y masterizada digitalmente en 2019 por la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano, La langosta azul fue seleccionada para dar inicio al ciclo Memoria Activa 2020. El proceso incluyó restauración, corrección de color y etalonaje, desarrollado en el marco del programa Fortalecimiento del Patrimonio Audiovisual Colombiano, con aportes del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico que aprueba el Consejo Nacional de Arte y Cultura en Cinematografía. Gracias a este trabajo, la obra pudo circular de nuevo con plena dignidad técnica y artística.

La restauración abrió puertas internacionales que durante décadas estuvieron cerradas. En 1990, el Museo de Arte Moderno de Nueva York se interesó por el cine colombiano y lo primero que pidió fue La langosta azul. Décadas después, el cortometraje se presentó en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York dentro del evento Surrealismo sin fronteras, con proyecciones hasta el 30 de enero de 2022. También fue proyectada en la Tate Modern Gallery de Londres, en el marco de la exposición sobre los 100 años del surrealismo.


Alexandra Falla, directora de la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano, ha descrito el cortometraje como un ícono de la filmografía colombiana y una película transgresora para la época. La labor de la Fundación no se ha limitado a la restauración técnica: también ha impulsado conversatorios, ciclos de cine y alianzas con plataformas digitales para garantizar el acceso a la obra, especialmente en la celebración de sus 40 años de existencia como entidad. Las versiones restauradas fueron incluidas en la plataforma Retina Latina, lo que permitió que nuevas generaciones accedieran a este material fundacional del cine nacional.

La langosta azul no es solo una curiosidad histórica: es una declaración de principios sobre lo que puede hacer el arte cuando se libera de las convenciones. Su legado vive en cada cineasta colombiano que decide arriesgarse, experimentar y contar historias desde los márgenes. La obra colectiva de Cepeda Samudio, García Márquez, Grau y Vicens demostró en 1954 que Colombia tenía algo propio y poderoso que decirle al mundo, mucho antes de que el mundo supiera cómo escuchar.

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