El Viernes Santo constituye el corazón del Triduo Pascual y representa para el catolicismo la jornada de mayor recogimiento, al conmemorar la Pasión y Muerte de Jesucristo. En este momento, la Iglesia no celebra la Eucaristía; en su lugar, se sumerge en una liturgia de sobriedad extrema donde los altares permanecen desnudos y las campanas callan. El ayuno y la abstinencia de carnes rojas marcan la pauta de millones de fieles que, durante estas horas, participan en el Viacrucis, reviviendo las estaciones del calvario.
Cerca de las 15:00 horas, momento en que la tradición señala la muerte del Salvador, se realiza la Adoración de la Santa Cruz en los templos del país. Este rito litúrgico permite a los creyentes acercarse al madero como símbolo de victoria sobre el pecado y la muerte, mediante un acto de profunda humildad. Es un instante de oración universal donde la comunidad se une para pedir por las necesidades del mundo, los gobernantes y quienes sufren hoy. La sobriedad de la ceremonia subraya el carácter penitencial de la jornada.
Tras la adoración del madero, las catedrales y parroquias dan paso al solemne Sermón de las Siete Palabras, la gran meditación sobre la agonía de Jesús antes de expirar. Los oradores sagrados analizan cada una de las frases pronunciadas por Cristo, desde el perdón a sus verdugos hasta la entrega final de su espíritu. Pasajes como el de Lucas 23:46 resuenan con fuerza ante las multitudes: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Estas alocuciones ofrecen un mensaje de esperanza y redención para la humanidad contemporánea.
Uno de los momentos más conmovedores que se desarrolla esta tarde es el descendimiento de Jesús, donde el cuerpo yacente es retirado de la cruz con sumo respeto. En este acto, se despoja a la imagen de la corona de espinas y los clavos, elementos que son mostrados a la feligresía como reliquias del sacrificio. Posteriormente, el cuerpo es colocado en un sudario y depositado en el Santo Sepulcro para las procesiones nocturnas. Este ritual simboliza la preparación para la sepultura, uniendo el dolor con la espera silenciosa.
En las regiones de Colombia, las tradiciones adquieren matices únicos que mezclan la fe con la cultura local durante estas honras fúnebres. En Popayán y Mompox, las procesiones destacan por su rigor histórico, con cargueros que avanzan al ritmo de marchas fúnebres centenarias tras el descendimiento. En la Costa Caribe, la abstinencia se acompaña con el consumo de dulces de ñame y pescado seco, mientras que en el interior miles suben a los cerros. Estas expresiones demuestran que el Viernes Santo es una fecha de convergencia nacional.
Las Sagradas Escrituras fundamentan cada acción de este día, especialmente el cumplimiento de las profecías sobre el Siervo Sufriente que asume las culpas del mundo. Durante las lecturas se recuerda a Isaías 53:5: "Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados". Este pasaje cobra vida en la fe de quienes asisten hoy a los oficios litúrgicos. La lectura del Evangelio según San Juan detalla la entrega voluntaria de Cristo, quien antes de morir exclama: "Todo está cumplido", sellando así el plan divino de salvación.
Más allá de los templos, el Viernes Santo en las zonas rurales está marcado por mitos y creencias ancestrales que invitan al respeto total por la naturaleza. Persiste la tradición de no labrar la tierra ni bañarse en fuentes hídricas, bajo la premisa de que toda la creación guarda luto por la muerte de su Creador. Los cantos de los "alabaos" en el Pacífico y las saetas urbanas aportan una banda sonora de lamento que recorre las calles. Estas costumbres mantienen viva una herencia oral que interpreta el misticismo campesino.
La jornada concluye con la procesión del Santo Sepulcro y la Soledad, donde la imagen de la Virgen María recorre las vías principales en señal de duelo. El silencio absoluto de la noche bogotana es interrumpido solo por el paso cadencioso de los fieles que acompañan el féretro de cristal. Con este acto, la Iglesia inicia el Gran Silencio del Sábado Santo, un periodo de espera expectante antes de la alegría de la Resurrección. El Viernes Santo de 2026 reafirma que la fe es un motor de reflexión colectiva.
