Sibaté y el asbesto: la historia de un municipio envenenado por décadas de silencio industrial

 

En 1942, mientras Colombia celebraba su primera hidroeléctrica en el embalse del Muña, a pocos kilómetros se instalaba silenciosamente otro hito industrial que marcaría para siempre el destino de Sibaté. Eternit Colombiana S.A., la primera fábrica de asbesto del país, comenzó operaciones en este municipio cundinamarqués de aproximadamente 38.000 habitantes, ubicado al sur de Bogotá. Nadie imaginó entonces que ese complejo industrial, que producía tejas, tuberías y tanques de agua, sembraría una crisis de salud pública que décadas después seguiría cobrando vidas.

Durante los años 60, 70, 80 y 90, Sibaté experimentó un desarrollo urbano notable impulsado, en buena medida, por la actividad de Eternit. Lo que pocos sabían era que los residuos industriales de la planta, mezcla de fibrocemento y asbesto, fueron utilizados como material de relleno en distintos sectores del municipio. Parques, vías, canchas y otros espacios públicos fueron construidos sobre capas de un mineral que la ciencia clasificaría décadas después como cancerígeno de primer orden, sin que las autoridades tomaran medidas de control o advertencia a la población.

El asbesto es un mineral de origen natural compuesto por seis tipos de silicatos de cadena doble. Su resistencia al calor y su durabilidad lo convirtieron en un material ampliamente utilizado en la construcción durante gran parte del siglo XX. Sin embargo, cuando sus fibras se liberan al aire y son inhaladas, se alojan de forma permanente en los pulmones y la pleura, generando enfermedades devastadoras como la asbestosis, el cáncer de pulmón y el mesotelioma pleural, este último un tumor maligno de altísima letalidad directamente asociado a la exposición a este mineral.

La planta de Eternit en Sibaté fue inaugurada en 1942, siendo el punto de origen de la tragedia con los residuos de asbesto en este municipio cundinamarqués.

Lo más alarmante descubierto en Sibaté es la presencia de asbesto friable en el subsuelo de varias zonas del municipio. A diferencia del asbesto encapsulado en materiales sólidos, el asbesto friable no tiene una matriz de contención, lo que significa que cualquier excavación, obra civil o perturbación del terreno puede liberar fibras microscópicas al aire. Esta característica convierte el suelo de Sibaté en una amenaza latente y permanente, especialmente en un municipio que sigue creciendo urbanísticamente y donde las obras de infraestructura son inevitables para atender a su población.

Fue en 2014 cuando la magnitud del problema comenzó a tomar forma científica. Juan Pablo Ramos Bonilla, investigador de la Universidad de los Andes, vio un informe televisivo sobre la alta incidencia de enfermedades respiratorias en Sibaté y decidió investigar. Convocó a colegas de las universidades de Bolonia y Turín, del Instituto Nacional de Salud de Italia y del Instituto de Investigación para el Desarrollo de Francia. Juntos construyeron el primer estudio riguroso que estableció una relación causal entre la contaminación por asbesto y las enfermedades que padecía la población sibateña.

Los resultados de esa investigación fueron contundentes y perturbadores. Sibaté registra una de las tasas más altas del mundo de mesotelioma pleural, con una incidencia de 2,6 casos por cada 10.000 habitantes. El estudio confirmó que la exposición no se limitó a los trabajadores directos de la planta, sino que alcanzó a sus familiares por contacto con ropa contaminada y a los vecinos del municipio por la dispersión ambiental de las fibras. Tres grupos de afectados quedaron identificados: ocupacional, doméstico y vecinal, ampliando dramáticamente el universo de víctimas potenciales.

A pesar de la gravedad documentada, la respuesta institucional tardó años en materializarse. Colombia prohibió la explotación y comercialización del asbesto apenas el 1 de enero de 2021, casi ocho décadas después de que Eternit iniciara operaciones en Sibaté. Para ese momento, generaciones enteras de sibateños ya habían sido expuestas. El municipio cargaba con un legado tóxico invisible, enterrado literalmente bajo sus calles y plazas, mientras sus habitantes enfermaban sin saber con exactitud qué los estaba matando ni quién debía responder por ello.

La historia del asbesto en Sibaté es también la historia de una institucionalidad que miró hacia otro lado durante décadas. Un municipio que aportó industria y progreso al país recibió a cambio contaminación, enfermedad y un suelo envenenado que ninguna norma ha logrado aún remediar completamente. Lo que comenzó como un hito industrial en 1942 derivó en una de las crisis de salud pública más silenciosas y prolongadas de Colombia, una deuda colectiva que el país apenas está empezando a reconocer, y que Sibaté lleva pagando con la salud y la vida de su gente desde hace más de 80 años.​​​​​​​​​​​​​​​​

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