La guerra entre Rusia y Ucrania llegó a las salas de cine de Bogotá. La Embajada de Ucrania en Perú, con competencia para Colombia, solicitó formalmente a la Universidad Santo Tomás y al Festival de Cine de Bogotá —Bogocine— la cancelación de la proyección de la película Batalla por Sebastopol, programada para el 18 de abril con el apoyo de la Embajada de Rusia. La petición diplomática, fundamentada en argumentos de derechos de autor y geopolítica, desató una controversia que el festival calificó abiertamente como un intento de censura política.
En su comunicado, la Embajada ucraniana argumentó que la película fue producida en el marco de un proyecto conjunto entre Ucrania y Rusia antes de la ocupación de Crimea en 2014, y que la Agencia Estatal de Cine de Ucrania y la empresa Foundland Pictures Limited son copropietarias de los derechos de autor. Según la representación diplomática, ninguna de estas 2 instituciones habría otorgado autorización para la exhibición pública en Colombia, lo que configuraría, a su juicio, una infracción a la Convención de Berna para la Protección de las Obras Literarias y Artísticas, de la cual Colombia es Estado parte.
Bogocine respondió con firmeza y rechazó los argumentos de la misión diplomática. La Corporación Internacional de Cine, que en 2026 cumple 43 años de trabajo en la exhibición cinematográfica, afirmó haber recibido los derechos de exhibición no comerciales directamente de la productora de la película y con la aprobación y presencia de su director. Adicionalmente, señaló que la entrada al evento era gratuita, lo que invalida el argumento de explotación comercial esgrimido por la representación ucraniana en su solicitud de cancelación de la proyección programada.
El festival también cuestionó el argumento político central del comunicado diplomático. La Embajada de Ucrania había advertido que la exhibición de la película podría ser utilizada por Rusia con fines de legitimación de la ocupación ilegal de Crimea y de Sebastopol. Bogocine señaló que esta posición resulta paradójica: la película fue dirigida por un cineasta ucraniano, financiada y producida mayoritariamente con recursos ucranianos y exhibida ampliamente en Europa antes del estallido del conflicto armado entre los 2 países, lo que desnuda la presión diplomática como un acto de censura política posterior.
“En ningún momento Bogocine se somete a favorecer o contradecir a ningún actor político”, afirmó la dirección del festival en su respuesta oficial, firmada por su director Henry Laguado y el PR Manager Luis Carlos Orejarena. Esta declaración resume la postura de una institución que lleva 43 años exhibiendo cine sin someterlo a censura política, religiosa o moral de ningún tipo. Para Bogocine, la presión diplomática ucraniana no solo carece de fundamento jurídico válido en este caso específico, sino que representa exactamente el tipo de injerencia que el arte cinematográfico debe resistir para preservar su libertad.
El caso pone sobre la mesa una tensión que trasciende la anécdota: ¿hasta qué punto los conflictos geopolíticos pueden condicionar la programación cultural de festivales independientes en terceros países? La película Batalla por Sebastopol nació antes de la guerra, fue creada con autoría y financiación ucraniana, y fue celebrada en festivales europeos sin mayor controversia. Que hoy su proyección en Bogotá sea objeto de presión diplomática evidencia cómo el conflicto entre Rusia y Ucrania ha desbordado los campos de batalla para instalarse en espacios tan inesperados como las salas de cine universitarias de América Latina.
La Universidad Santo Tomás, mencionada directamente en el comunicado de la Embajada ucraniana, quedó en medio de un cruce diplomático y editorial que supera con creces el alcance habitual de una proyección universitaria. La advertencia sobre posibles daños reputacionales y consecuencias jurídicas que lanzó la representación diplomática fue interpretada por Bogocine como una forma de presión institucional que busca inhibir la exhibición por vías indirectas. El festival fue categórico al afirmar que ninguna de las partes involucradas en la proyección incurrió en falta ética o jurídica alguna, respaldando su posición con los documentos correspondientes.
El episodio es un recordatorio incómodo de que la cultura no existe en un vacío y de que los conflictos armados y las tensiones diplomáticas buscan constantemente extender su influencia hacia territorios que deberían permanecer autónomos. Bogocine cerró su comunicado con una frase que funciona como declaración de principios: espera que la paz mundial llegue como recompensa a un mundo donde el trabajo artístico, científico y cultural esté libre de presiones divisorias. Mientras esa paz no llega, festivales como este tendrán que seguir defendiendo la libertad del cine con la misma convicción con que los cineastas defienden sus obras.
