Therians: identidad, pertenencia y síntoma cultural

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En medio del creciente debate digital y familiar sobre el fenómeno therian, la psicóloga Marcela Payares realiza un análisis que invita a salir del juicio rápido y entrar en la comprensión cultural. Su lectura no parte de la alarma, sino de una pregunta más amplia: ¿qué está diciendo esta forma de identificación sobre nuestra época? Más que una rareza aislada, plantea mirarlo como un síntoma que dialoga con pertenencia, exclusión y construcción contemporánea de identidad.

En las últimas semanas, el término “therian” ha empezado a circular con insistencia en colegios, redes sociales y conversaciones familiares. Padres preocupados, docentes desconcertados y adolescentes que encuentran allí un espacio de identificación. El debate suele activarse con rapidez y, casi de inmediato, aparece la sospecha de que estamos frente a una conducta que debe corregirse o medicalizarse. Sin embargo, los fenómenos juveniles rara vez se comprenden desde la reacción inmediata.

No es la primera vez que una expresión identitaria juvenil genera inquietud social. Hace dos décadas ocurrió con los emos; antes, con otras subculturas que desafiaban la estética dominante o los códigos adultos. Cada generación construye lenguajes simbólicos propios para narrar su diferencia. El patrón cultural es conocido: primero desconcierto, luego juicio y finalmente integración. La pregunta no es si algo nos incomoda, sino qué revela esa incomodidad.

Hace 20 años, la preocupación cultural giraba alrededor de los emos. Hoy, el nombre que circula con inquietud es therian. En redes sociales aparecen personas, con mayor visibilidad en adolescentes, que usan colas, máscaras o hablan de su identificación con lobos, felinos u otros animales. La reacción suele ser inmediata: patologización. Pero antes de convertir el fenómeno en diagnóstico clínico, conviene detenerse y observar con mayor profundidad.

Quienes se identifican como therian no necesariamente creen ser animales. Lo que describen, en la mayoría de los casos, es una conexión simbólica profunda con lo que un animal representa. Instinto, libertad, fuerza, manada. Se trata de una metáfora identitaria que funciona como lenguaje emocional. Es una forma alternativa de nombrar quiénes son, cómo se sienten o cómo experimentan su lugar en el mundo.

La pregunta relevante no es si esto es extraño. La pregunta es por qué esta forma de identidad encuentra hoy tanta resonancia. La adolescencia, como explicó Erik Erikson al hablar de la crisis de identidad, intensifica la necesidad de pertenecer. El rechazo adquiere un peso mayor y la búsqueda de reconocimiento se vuelve urgente. Sin embargo, esta necesidad no es exclusiva de los jóvenes; es estructural a la condición humana.

Vivimos en una época en la que la identidad se construye en diálogo constante con lo digital. Las comunidades ya no dependen de la cercanía física, sino de afinidades simbólicas que atraviesan fronteras. En un contexto marcado por la exposición permanente, la cultura del “cringe” y la ridiculización rápida de lo diferente, estas formas de identificación pueden convertirse en refugio frente a la sensación de exclusión.

Analizar el fenómeno therian no implica romantizarlo ni desconocer que, en algunos casos, pueda coexistir con dificultades emocionales. Implica reconocer que las identidades emergen en diálogo con su contexto. Cuando cada vez más personas encuentran en lo no humano una metáfora de pertenencia, la cuestión deja de ser individual y se convierte en un interrogante social más amplio.

¿Qué revela este fenómeno sobre nuestras formas de convivencia? ¿Qué nos dice acerca de la fragilidad de los vínculos, la presión por encajar y la dificultad de sostener sin convertirlas en burla? Tal vez el crecimientol de estas comunidades no sea un signo de anomalía, sino un indicador cultural. No todo fenómeno emergente es un trastorno. Algunos, más bien, funcionan como diagnósticos sociales.

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