Hay liderazgos que no nacen en los escritorios sino en el territorio, en el contacto cotidiano con la gente y en las conversaciones que se dan lejos del protocolo. La historia pública de Laura Fortich tiene ese sello: el de una mujer formada en la dinámica social y política del Atlántico, donde la cercanía, el carácter y la palabra directa siguen siendo formas legítimas de construir confianza ahora a través de su campaña con el número 7 en la lista al senado del Partido Liberal.
En Barranquilla y su entorno, su nombre empezó a sonar antes de ocupar cargos visibles. No como figura de coyuntura, sino como parte de procesos locales donde la gestión comunitaria, el trabajo con organizaciones sociales y la participación en debates ciudadanos marcan la entrada a la vida pública. En el Caribe, la política todavía pasa por el cara a cara, y esa escuela imprime una manera distinta de ejercer representación.
Quienes han seguido su trayectoria destacan una constante: la intención de abrir espacio a temas sociales que tradicionalmente no ocupaban el centro de la agenda. Desde allí fue construyendo un perfil que combina disciplina técnica con una narrativa cercana, más enfocada en explicar que en declamar, más orientada a escuchar que a imponer.
Su llegada al escenario legislativo nacional significó trasladar esa experiencia regional a discusiones más amplias. El tránsito no es menor. Pasar del liderazgo territorial al Congreso implica aprender a moverse entre normas, tiempos institucionales y debates ideológicos, sin perder la conexión con el origen político que le dio legitimidad.
En ese proceso, su identidad caribeña ha sido parte de su capital simbólico. No solo por el acento o la procedencia geográfica, sino por una manera de entender lo público como algo vivo, atravesado por desigualdades históricas, pero también por una fuerte capacidad de resiliencia social. Esa visión suele reflejarse en su insistencia en que las políticas nacionales deben leerse desde las regiones
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Su trayectoria también dialoga con un fenómeno más amplio: la presencia creciente de mujeres en espacios donde durante décadas predominaron liderazgos masculinos. No se trata únicamente de ocupar una curul, sino de transformar estilos de liderazgo, lenguajes políticos y prioridades en la discusión pública.
En medio de un país donde la desconfianza hacia la política convive con la necesidad de instituciones más representativas, perfiles como el suyo invitan a observar cómo se están renovando —con tensiones y desafíos— las formas de participación democrática. Cada generación de dirigentes refleja, de alguna manera, los cambios culturales que atraviesa la sociedad.
Más que una consigna o una adhesión automática, la presencia de mujeres en la política abre una conversación necesaria sobre representación, equidad y pluralidad en la toma de decisiones. Al final, en democracia el voto siempre debería ser el resultado de una reflexión informada sobre trayectorias, propuestas y valores, no de consignas, sino del juicio libre de cada ciudadano frente al país que quiere construir.
