Los fraudes por ingeniería social continúan en aumento y se apoyan en tácticas que imitan comunicaciones reales de empresas para generar miedo, urgencia o confusión. Llamadas, mensajes de texto y correos electrónicos falsos logran persuadir a las personas para que entreguen información confidencial. Estas prácticas, cada vez más sofisticadas, se aprovechan de las emociones y de la rutina digital para vulnerar la seguridad financiera de miles de usuarios.
De acuerdo con Bancolombia, los delincuentes perfeccionan constantemente sus estrategias, copiando lenguaje, imágenes y estilos corporativos de entidades financieras y comercios. El objetivo es que las víctimas no duden de la autenticidad del contacto. La presión emocional es la herramienta principal: se habla de bloqueos de cuentas, compras sospechosas o premios falsos, situaciones que impulsan respuestas rápidas sin verificación previa.
Una de las modalidades más frecuentes es el vishing, que se presenta mediante llamadas o videollamadas. Allí, los estafadores se hacen pasar por asesores bancarios o incluso por familiares en dificultades. Buscan obtener claves, códigos de seguridad o inducir transferencias. En algunos casos solicitan compartir la pantalla del dispositivo, lo que les permite observar datos sensibles en tiempo real y concretar el fraude.
El smishing, por su parte, opera a través de mensajes de texto breves y alarmantes. Estos suelen advertir sobre supuestas suspensiones de servicios, multas, seguros activados o alertas bancarias. Incluyen enlaces que conducen a páginas falsas que replican portales oficiales. Allí se solicita ingresar usuario, contraseñas y datos de tarjetas, información que luego es usada para vaciar cuentas o realizar compras fraudulentas.
El phishing continúa siendo otra de las estrategias más utilizadas. Consiste en correos electrónicos que aparentan ser oficiales, con logotipos y diseños similares a los de empresas reales. Pueden contener enlaces a sitios fraudulentos o archivos maliciosos. Aunque algunos presentan errores evidentes, otros están cuidadosamente elaborados, lo que dificulta su identificación y refuerza la importancia de la verificación antes de interactuar.
Frente a este panorama, la entidad financiera insiste en una regla básica: detenerse antes de actuar. Tomarse unos segundos reduce la reacción impulsiva. Luego, analizar qué información se solicita, quién la pide y con qué justificación. Cualquier requerimiento de claves, usuarios o códigos de seguridad debe generar desconfianza inmediata. Finalmente, verificar por canales oficiales antes de responder o hacer clic en enlaces.
Entre las recomendaciones clave se encuentra no compartir nunca datos personales o financieros por teléfono, mensajes o correos. También se sugiere mantener actualizados los dispositivos, sistemas operativos y antivirus, lo que disminuye el riesgo ante enlaces o archivos dañinos. Las promociones demasiado atractivas o alertas inesperadas deben asumirse como señales de advertencia hasta confirmar su legitimidad.
La denuncia oportuna es otro factor esencial. Reportar comunicaciones sospechosas permite a las entidades bloquear números y sitios fraudulentos, protegiendo a otros usuarios. Los fraudes digitales evolucionan, pero la prevención sigue siendo la barrera más efectiva. Identificar la urgencia artificial, verificar siempre la fuente y desconfiar de solicitudes inusuales son acciones que pueden marcar la diferencia entre la seguridad y la pérdida de recursos.
