En un contexto global marcado por tensiones geopolíticas constantes, los pronunciamientos oficiales de los gobiernos frente a conflictos internacionales se han convertido en decisiones de alto riesgo político y diplomático. Hoy, una declaración pública o incluso un mensaje en redes sociales puede fortalecer alianzas, pero también deteriorar relaciones estratégicas construidas durante años. El reto está en hablar sin escalar tensiones y en no callar cuando el silencio también comunica.
La Universidad Internacional de Valencia (VIU), perteneciente a la red Planeta Formación y Universidades, ha puesto sobre la mesa este debate a partir del análisis de dos de sus expertos. Para la Anna I. López Ortega, directora de la Maestría en Comunicación y Marketing Político, la toma de postura nunca es neutral y siempre tiene efectos colaterales, tanto en el escenario internacional como en el debate interno de cada país.
Según López Ortega, alinearse de manera contundente con una de las partes en conflicto puede reducir la capacidad de mediación de un Estado y afectar vínculos con aliados estratégicos. Además, estas posiciones suelen trasladarse al plano doméstico, donde la polarización internacional termina reflejándose en divisiones políticas internas, amplificando tensiones que van más allá de la política exterior.
Desde el enfoque de las relaciones internacionales, el Pedro Francisco Ramos, investigador y docente del programa de Relaciones Internacionales de VIU, subraya que los gobiernos no hablan solo en nombre de un presidente o un partido, sino de toda una nación. Por ello, cada declaración debe partir del análisis de los intereses nacionales y de una lectura cuidadosa del contexto regional y global.
Ramos insiste en que un gobierno responsable debería priorizar la coordinación con sus aliados, evaluar los riesgos de cada mensaje y, cuando sea posible, contribuir a desescalar la crisis. Pronunciarse sin estrategia, advierte, puede llevar a decisiones apresuradas que terminen afectando la estabilidad diplomática y económica del país que emite el mensaje.
Ambos expertos coinciden en que la presión de la inmediatez digital ha transformado la comunicación política internacional. Las redes sociales exigen respuestas rápidas, emocionales y simplificadas, lo que aumenta el riesgo de caer en discursos extremos o poco matizados que, aunque efectivos en términos mediáticos, resultan difíciles de sostener en la práctica diplomática.
Para López Ortega, existen principios básicos que deberían guiar cualquier pronunciamiento oficial: coherencia con la política exterior histórica del país, respeto por los derechos humanos y el derecho internacional, proporcionalidad en el lenguaje y coordinación con socios internacionales. Ignorar estos elementos puede cerrar canales de diálogo y limitar el margen de acción futura.
Finalmente, los expertos de VIU advierten que los conflictos internacionales no deben convertirse en herramientas de distracción política interna ni en instrumentos para movilizar apoyos coyunturales. La comunicación en política exterior, coinciden, debe ser tan rigurosa como cualquier acción diplomática, capaz de equilibrar intereses nacionales, principios éticos y la responsabilidad de contribuir a la estabilidad global.
