Por qué cada vez cuesta más concentrarse en un entorno saturado de estímulos

 

Responder mensajes mientras se come, revisar el celular en reuniones o consumir contenidos mientras se realizan otras actividades se ha vuelto parte de la rutina diaria. Esta dinámica ha intensificado la sensación de estar haciendo muchas cosas a la vez sin completar ninguna plenamente. Especialistas señalan que la exposición constante a estímulos digitales, demandas laborales y académicas contribuye a un estado generalizado de dispersión, cansancio mental y sobrecarga cognitiva.


Desde la perspectiva clínica, el cerebro no está diseñado para dividirse de forma eficiente entre múltiples tareas. Forzar la multitarea de manera permanente reduce el rendimiento y aumenta el estrés, ya que se consumen más recursos cognitivos para cambiar de foco que para sostener la atención en una sola actividad. Esta exigencia constante termina agotando la capacidad mental y generando la percepción de baja productividad.


Uno de los factores más influyentes es la hiperestimulación. Notificaciones continuas, redes sociales y presión por responder de inmediato mantienen al cerebro en alerta permanente. Esta situación favorece la ansiedad, que a su vez dispersa la atención y dificulta permanecer en el presente. Muchas personas interpretan estos efectos como fallas de memoria, cuando en realidad se trata de problemas de atención, similares a un sistema sobrecargado con demasiadas tareas abiertas.


La atención no es un proceso único, sino que se distribuye entre distintos tipos. La atención dividida se activa cuando se intentan realizar varias tareas simultáneamente; la alternante permite cambiar de una actividad a otra; y la sostenida es la base de la concentración prolongada. Mantener esta última implica filtrar estímulos irrelevantes, una habilidad que no depende únicamente de la voluntad, sino también de condiciones emocionales y físicas.


Las emociones influyen de manera directa en la capacidad de concentración. Estados como preocupación, tristeza o irritabilidad reducen el espacio mental disponible para sostener el foco. Además, hábitos cotidianos como la falta de sueño reparador, una alimentación inadecuada, la deshidratación o el sedentarismo afectan el funcionamiento cerebral. Incluso acciones simples, como dormir poco o saltarse comidas, pueden impactar la memoria y la atención.


En la infancia, el desarrollo de la atención requiere juego, movimiento e interacción directa con el entorno. El uso temprano y prolongado de pantallas, especialmente con contenidos de gratificación inmediata, puede dificultar el entrenamiento de la atención sostenida. Los especialistas subrayan que no solo importa el tiempo frente a pantallas, sino la calidad de los estímulos, ya que estos influyen en la capacidad de concentración futura.


También se destaca la importancia del descanso mental. En contextos donde la productividad constante es la norma, el aburrimiento y las pausas suelen verse como pérdida de tiempo. Sin embargo, estos momentos permiten al cerebro reorganizar información, consolidar aprendizajes y recuperar energía cognitiva, funciones esenciales para un desempeño sostenido.


Entre las prácticas recomendadas para fortalecer la concentración se encuentran reducir la multitarea, incorporar pausas sin estímulos digitales, practicar técnicas de presencia como el mindfulness, estructurar las tareas en bloques de tiempo y cuidar hábitos básicos de sueño, hidratación, alimentación y movimiento. Estas acciones buscan contrarrestar la sobrecarga mental y entrenar de nuevo la atención en un entorno cada vez más demandante.

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