La jornada del XX Festival de Música de Cartagena se desplegó como un recorrido sonoro por las identidades musicales de Europa del Este y la tradición operística italiana, conectando historia, emoción y virtuosismo. Desde la intimidad matinal hasta el dramatismo nocturno, el día propuso una reflexión profunda sobre cómo la música expresa el alma de los pueblos.
La mañana comenzó con una conferencia–concierto dedicada a los nacionalismos musicales del Este europeo, a cargo del musicólogo Giovanni Bietti. En este espacio se abordó cómo compositores de Hungría y la actual República Checa desafiaron la narrativa musical dominante de Europa Occidental, integrando cantos populares, paisajes y memorias colectivas en sus obras.
Posteriormente, el concierto El alma del este: entre lo culto y lo popular reunió a Maxim Vengerov y Evgenia Startseva, quienes ofrecieron una lectura vibrante del folclor transformado en música académica. Las Danzas Húngaras de Brahms, el romanticismo virtuoso de Wieniawski y la ironía dramática de Shostakovich evidenciaron la riqueza emocional del repertorio.
En la tarde, el Cuarteto Pavel Haas llevó al público al corazón de la música eslava con obras de Smetana y Janáček. El Cuarteto No. 1 de Smetana, profundamente autobiográfico, y el Cuarteto No. 2 de Janáček, inspirado en cartas de amor no enviadas, revelaron cómo lo íntimo y lo nacional se funden en un lenguaje musical poderoso.
Estas interpretaciones destacaron la capacidad de la música popular para elevarse a un plano universal sin perder su raíz. Nostalgia, pasión y esperanza se entrelazaron en un programa que recordó que la identidad cultural también se escribe con sonidos que atraviesan generaciones.
La noche culminó en el Teatro Adolfo Mejía con un homenaje a la ópera italiana, interpretado por la Orquesta Filarmónica Juvenil de Bogotá, bajo la dirección de Stefano Seghedoni. El repertorio celebró la intensidad emocional de Rossini, Verdi y Puccini.
Las voces de la soprano Mariam Battistelli y el barítono Federico Longhi dieron cuerpo y dramatismo a un programa donde la ópera se manifestó como experiencia física y visceral. Cada aria transmitió deseo, dolor y fuerza expresiva en un teatro sonoro vibrante.
La jornada reafirmó al Festival de Música de Cartagena como un espacio donde el virtuosismo dialoga con la identidad cultural. Un día de contrastes y emociones que conectó tradición y modernidad, recordando que la música es memoria viva y un lenguaje universal capaz de unir territorios, historias y sensibilidades.
