Bogotá fue escenario de la convocatoria hemisférica de emergencia Nuestra América, un encuentro que reunió a noventa delegados de veinte países y que concluyó con la adopción de la Declaración de San Carlos. Gobiernos, parlamentos y movimientos sociales coincidieron en la necesidad de articular un frente común para defender la soberanía, la democracia y la paz en las Américas frente a nuevas formas de coacción política, económica y militar.
Durante dos días de deliberaciones, desarrolladas entre sesiones privadas y asambleas públicas, ministros, legisladores, diplomáticos y dirigentes sociales construyeron un diagnóstico compartido sobre la coyuntura regional. El documento final sostiene que el futuro del continente debe ser decidido por sus pueblos y defendido de manera conjunta, como respuesta a presiones externas que, según los participantes, amenazan la autodeterminación de los Estados.
La Declaración de San Carlos advierte sobre el resurgimiento de una Doctrina Monroe reinterpretada y lo que denomina el “Corolario Trump”, al que se atribuyen prácticas como sanciones, bloqueos, desestabilización e injerencia. El texto inscribe este escenario en una tradición histórica de luchas por la independencia, evocando referentes como Simón Bolívar, José Martí, Benito Juárez y José de San Martín como símbolos de unidad continental.
En la apertura del encuentro, la canciller colombiana Rosa Yolanda Villavicencio afirmó que América Latina ha enfrentado durante décadas asesinatos, interferencias electorales y presiones sobre sus sistemas judiciales. Sin embargo, subrayó que la región también posee una capacidad histórica de resistencia, organización y construcción colectiva, y llamó a transformar esa experiencia en acción política coordinada.
A partir de ese diagnóstico, los delegados acordaron un programa de acción que incluye la coordinación en foros multilaterales para defender la Carta de las Naciones Unidas, la creación de mecanismos hemisféricos frente a sanciones y bloqueos, y el rechazo a soluciones militarizadas. También se planteó la defensa de los derechos de los migrantes latinoamericanos y el fortalecimiento de la integración regional en ámbitos estratégicos.
La Declaración concluye con la convocatoria de una próxima edición de Nuestra América en La Habana, Cuba, y con un llamado a la solidaridad internacional con el pueblo cubano. El texto afirma que el continente no será gobernado por el miedo ni por decretos imperiales, sino por la unidad, la soberanía y la paz, como principios rectores de una nueva etapa política regional.
David Adler, co-coordinador general de la Internacional Progresista, señaló que lo que comenzó como una reunión de emergencia se convirtió en un proyecto político con proyección continental. Afirmó que, ante sanciones y militarización, los pueblos del hemisferio están optando por la cooperación y la defensa conjunta de su soberanía.
La cumbre cerró con un encuentro de los delegados con el presidente Gustavo Petro en la Casa de Nariño. Allí se reafirmó que Nuestra América no será un evento aislado, sino un proceso permanente de articulación política y social, orientado a que el continente hable con voz propia y defina su destino de manera autónoma en el escenario global.
