En un mercado laboral atravesado por la transformación digital, la automatización y el cambio acelerado, la educación superior enfrenta un desafío central: formar profesionales capaces de adaptarse y aprender de manera permanente. Ya no basta con dominar conocimientos técnicos. Las empresas demandan personas con habilidades transversales, criterio propio y capacidad de respuesta ante escenarios inciertos, donde la tecnología redefine oficios, procesos y relaciones laborales a gran velocidad constante.
En el marco del Día Mundial de la Educación, la Corporación Universitaria Iberoamericana identifica cinco capacidades que hoy marcan la diferencia en la empleabilidad. Estas habilidades no solo influyen en el acceso al primer empleo, sino también en la permanencia y el crecimiento profesional. Según la institución, el mercado laboral actual premia la flexibilidad, la comunicación efectiva, el pensamiento crítico, la ética y la gestión emocional como factores determinantes del desempeño.
La primera de estas capacidades es la adaptabilidad y el aprendizaje continuo. Las organizaciones buscan profesionales capaces de ajustarse a entornos cambiantes, aprender con rapidez y desaprender prácticas que han quedado obsoletas. La capacidad de reinventarse se ha convertido en un activo estratégico frente a mercados dinámicos, donde los roles evolucionan constantemente y la actualización permanente resulta clave para sostener la competitividad individual y colectiva.
La comunicación y el trabajo colaborativo ocupan un lugar central entre las habilidades más valoradas. La comunicación asertiva, la escucha activa y la capacidad de trabajar en equipo son determinantes en entornos interdisciplinarios. Muchos empleadores coinciden en que algunos perfiles técnicos fracasan no por falta de conocimientos, sino por debilidades en relacionamiento, liderazgo compartido y articulación con otros profesionales dentro de las organizaciones.
El pensamiento crítico y la toma de decisiones constituyen otra competencia esencial. Más allá de ejecutar tareas, las empresas requieren personas que analicen contextos, cuestionen procesos, propongan soluciones y decidan con criterio. En escenarios donde la automatización y la inteligencia artificial ya hacen parte del trabajo cotidiano, el valor humano está en interpretar información, evaluar riesgos y aportar juicio estratégico.
La ética, la responsabilidad y la actitud frente al trabajo siguen siendo factores decisivos. Los empresarios destacan que valores como el compromiso, la coherencia, la responsabilidad y la apertura a la retroalimentación influyen directamente en los procesos de selección y desarrollo del talento. La actitud profesional se convierte en un diferenciador clave en contextos laborales donde la confianza y la integridad son activos organizacionales.
La resiliencia y la gestión emocional completan el grupo de habilidades críticas. Manejar la frustración, aprender del error y sostener la motivación resulta especialmente relevante en las primeras etapas de la vida laboral. La salud mental y el bienestar emocional emergen como factores estratégicos para una empleabilidad sostenible, en un entorno donde la presión, la incertidumbre y el cambio son constantes.
“Hoy el título sigue siendo importante, pero ya no es suficiente”, señala Ricardo Gómez, rector de la IBERO. El hecho de que ocho de cada diez estudiantes trabajen mientras estudian ha llevado a fortalecer modelos académicos que integran formación y experiencia laboral. Actualmente, el 79,8 % de los egresados caracterizados en 2025 se encuentran vinculados laboralmente, reflejando una formación alineada con el mercado.
