Ego, mediocridad, resultados y realidad


La respuesta de Gustavo Petro a Abelardo De La Espriella vuelve a poner sobre la mesa una vieja práctica de la política colombiana: gobernantes que explican sus errores mirando hacia atrás. Petro pasó cuatro años señalando “problemas heredados” y ahora, desde la oposición, vuelve a encontrar en sus antecesores parte de la explicación de las dificultades que dejó. De La Espriella, por su parte, sostiene que recibió unas finanzas públicas comprometidas y un margen de maniobra reducido. Explicar una herencia es legítimo; convertirla en justificación permanente para los propios resultados es otra cosa.

La pandemia fue una circunstancia excepcional y sería absurdo desconocer su impacto sobre las finanzas nacionales. Iván Duque enfrentó una emergencia que obligó a aumentar el gasto, endeudarse y proteger millones de empleos y hogares, ese es el contexto que Petro recibió al llegar a la Presidencia, pero utilizar cuatro años después aquella circunstancia como explicación recurrente de las dificultades de su Gobierno es diferente. Petro recibió una realidad compleja, como la reciben todos los gobiernos, y su responsabilidad consistía en gobernarla, no en convertir permanentemente el pasado en explicación del presente.

Petro ha intentado relativizar los cuestionamientos sobre los diez billones de pesos comprometidos durante una semana comparándolos con el tamaño del presupuesto nacional, pero presupuesto y deuda no son equivalentes, y una comparación aritmética no resuelve una discusión sobre gasto, financiación y sostenibilidad fiscal. El asunto de fondo es otro: saber qué decisiones se tomaron, con qué recursos, para qué se utilizaron y qué consecuencias tuvieron, la política puede convertir una cifra en un arma discursiva; la realidad fiscal exige mirar el conjunto y explicar con precisión las decisiones que comprometen los recursos públicos.

Las herencias existen y deben ser examinadas con contexto. Duque recibió la pandemia y tomó decisiones fiscales extraordinarias; Petro recibió esas consecuencias y durante cuatro años tuvo la posibilidad de actuar sobre ellas; De La Espriella recibe ahora otra realidad fiscal que deberá administrar. Lo mismo ocurre en Bogotá: Claudia López encontró problemas acumulados en seguridad, movilidad e infraestructura, pero también tuvo un periodo completo para enfrentarlos. Ninguno de estos antecedentes puede borrarse, pero tampoco puede convertirse en una explicación infinita. Una herencia marca el punto de partida; las decisiones posteriores construyen el resultado.

Ahí aparece una diferencia fundamental entre gobernar y administrar el relato, un presidente o un alcalde puede explicar las condiciones que encontró, pero después debe mostrar qué hizo con las herramientas disponibles. Los ciudadanos no votan únicamente para conocer el inventario de problemas recibidos; esperan decisiones, ejecución y resultados, reconocer dificultades puede ser una muestra de realismo, quedarse atrapado en ellas puede convertirse en una forma de evadir el juicio sobre la propia gestión. La política pierde sentido cuando explicar las circunstancias ocupa más espacio que demostrar la capacidad para transformarlas.

Claudia López ofrece otro ejemplo de cómo una administración puede quedar atrapada en las explicaciones, seguridad, movilidad e infraestructura eran problemas anteriores a su llegada, pero también fueron asuntos centrales durante sus cuatro años de gobierno. El debate serio no consiste en negar las dificultades que recibió, sino en revisar qué decisiones tomó, cuáles funcionaron y cuáles no produjeron los resultados esperados, esa evaluación debe hacerse con la misma vara para cualquier gobernante. El pasado puede ayudar a entender una gestión; no debería impedir que el presente sea examinado con rigor.

Iván Duque tampoco puede convertirse en el culpable universal de todo lo ocurrido después de su salida. La pandemia produjo decisiones fiscales extraordinarias y dejó obligaciones que trascendieron su administración, eso no significa declarar intocable su Gobierno ni impedir que sus decisiones sean examinadas, significa poner cada responsabilidad en su momento y contexto, una cosa es analizar críticamente la gestión de Duque y otra muy distinta utilizarlo como explicación permanente de las dificultades posteriores. La política necesita responsabilidades delimitadas, porque cuando todo termina atribuyéndose al anterior, nadie responde plenamente por lo que hizo después.

De La Espriella tampoco está exento de esa exigencia. Su Gobierno apenas comienza y todavía no existe un balance comparable con el de una administración que terminó después de cuatro años, pero el diagnóstico fiscal que presentó debe convertirse en decisiones verificables, si promete austeridad, deberá demostrarla; si anuncia correcciones, tendrá que mostrar resultados. El presupuesto de 2027, cercano a los $ 635 billones, demuestra además que la dimensión del problema fiscal no desaparece con un cambio presidencial, la nueva administración tendrá que demostrar con hechos cómo piensa enfrentar esa realidad.

La discusión entre Petro y De La Espriella debería superar, por tanto, la disputa sobre quién dejó qué. Petro tendrá que responder por las decisiones de su Gobierno y De La Espriella tendrá que responder por las suyas. Claudia López debe ser evaluada por su administración, sin desconocer las condiciones que recibió. Duque, igualmente, debe ser leído dentro de las circunstancias extraordinarias que enfrentó. Esa es la única manera de evitar que la política se convierta en una sucesión interminable de explicaciones cruzadas, el ciudadano necesita saber quién decidió, qué decidió y qué resultado produjo.

Al final, ego y mediocridad terminan encontrándose en el mismo lugar: en la dificultad para asumir el resultado propio. El ego necesita tener siempre la razón y encontrar afuera la explicación de aquello que salió mal; la mediocridad se conforma con esa explicación cuando evita revisar las decisiones tomadas. Petro y Claudia López ofrecen ejemplos de esa forma de hacer política. De La Espriella tendrá que demostrar que no repetirá el mismo libreto. Porque gobernar no consiste en ganar discusiones sobre quién dejó el problema, sino en asumir las decisiones propias, corregir los errores y responder ante el País por los resultados.

Publicar un comentario

Artículo Anterior Artículo Siguiente